Las Luces del árbol
Hannah regresó al restaurante con las mejillas encendidas, tanto por el frío como por la vergüenza. Apenas cruzó la puerta, se quitó el delantal y dejó escapar un largo suspiro.
—¿Y el capuchino? —preguntó su jefe desde el mostrador, levantando una ceja.
—Hubo... un accidente. —No quiso entrar en detalles. Las últimas palabras de aquel hombre, frías como el hielo, seguían resonando en su mente: ¿Con tu sueldo de mesera?
Sacudió la cabeza, intentando apartar el incidente. No valía la pena. Su turno casi había terminado, y todo lo que quería era llegar a casa, ponerse su pijama más cómodo y olvidarse de aquella noche.
—Hannah, ya puedes irte. Buen trabajo hoy —dijo su jefe con un gesto amable.
—Gracias. Nos vemos mañana.
Ajustándose el abrigo, salió nuevamente al frío de diciembre. La nieve seguía cayendo, y las luces de Navidad llenaban el aire con un brillo mágico. Hannah decidió dar un rodeo y caminar junto a la pista de patinaje. Siempre le gustaba observar a las parejas riendo, a los niños cayendo y levantándose con entusiasmo. Le recordaba que, a pesar de todo, la vida podía ser simple y feliz para algunos.
Sin embargo, mientras pasaba junto al árbol gigante del Rockefeller Center, una figura familiar captó su atención.
Era él.
El hombre del abrigo n***o estaba de pie, con las manos en los bolsillos, observando el árbol con una expresión distante. A su lado, una mujer impresionante hablaba animadamente, moviendo las manos y riendo, aunque él parecía no prestarle atención.
Hannah sintió un nudo en el estómago. ¿Qué posibilidades había de encontrárselo de nuevo tan pronto? Intentó pasar desapercibida, pero la mirada de él se encontró con la suya. Por un instante, pareció sorprendido, aunque rápidamente compuso su expresión.
—Tú otra vez —dijo Matthew con un tono bajo cuando ella pasó a su lado.
Hannah se detuvo a regañadientes, deseando que el suelo se abriera bajo sus pies. —No fue intencional. No pensé volver a verlo.
La mujer a su lado, Amelia, frunció el ceño, observándola con curiosidad. —¿Quién es ella, Matthew?
—Nadie importante —respondió él sin titubear.
Las palabras le dolieron más de lo que esperaba, aunque no tenía razón para sentirse ofendida. Después de todo, él tenía razón: no era nadie importante. Hannah se limitó a asentir y siguió su camino sin mirar atrás.
Pero lo que no vio fue cómo Matthew giró la cabeza para observarla mientras se alejaba, una chispa de algo desconocido brillando en sus ojos.
Esa noche, mientras Matthew se acomodaba en su penthouse, no podía quitarse de la cabeza a aquella joven. Había algo en su mirada, una mezcla de tristeza y fortaleza, que le resultaba inquietante. No sabía por qué, pero sentía una extraña necesidad de entenderla.
Amelia lo interrumpió, sentándose junto a él en el sofá con una copa de vino.
—¿En qué piensas? —preguntó, acariciándole el brazo.
—En nada importante —respondió, repitiendo las mismas palabras que había dicho horas antes. Pero esta vez, ni él mismo se las creyó.
Mientras tanto, Hannah se dejó caer en su pequeño sofá, con un chocolate caliente entre las manos y una manta cubriéndola. Encendió la televisión, pero su mente seguía volviendo al encuentro con aquel hombre. No sabía su nombre ni quién era realmente, pero algo en él la había dejado inquieta.
Con el rostro iluminado por las luces navideñas de su ventana, Hannah cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. Nunca había creído en los milagros, pero esa Navidad sentía que algo estaba a punto de cambiar, aunque no supiera qué.
Y en algún lugar de la ciudad, bajo el mismo cielo nevado, Matthew Clarke se preguntaba por qué no podía sacarse de la cabeza a la joven que había derramado café sobre él.