capitulo 1

627 Palabras
Bajo la nieve La nieve caía como un suave susurro, cubriendo las calles de Nueva York con su brillo blanco. El aire era frío, pero el bullicio de las festividades lo llenaba de una calidez especial. Desde el pequeño restaurante en el que trabajaba, Hannah Evans miraba hacia la pista de patinaje del Rockefeller Center. Las luces del enorme árbol navideño parpadeaban como estrellas, y las risas de las familias parecían tan lejanas como la vida que una vez soñó tener. —Hannah, ¿puedes llevar este capuchino a la señora en la pista? —dijo su jefe, colocándole el vaso caliente en las manos antes de que pudiera responder. —Claro, enseguida —contestó con una sonrisa automática, esa que había aprendido a usar desde que la vida dejó de sonreírle a ella. Con el delantal aún puesto y el gorro de lana cubriendo su cabello castaño, Hannah salió a la calle. Caminó con cuidado entre los transeúntes, sintiendo cómo el vapor del café se colaba entre sus dedos fríos. Los altavoces del restaurante habían quedado atrás, pero la música seguía en su cabeza: Last Christmas de Wham, una canción que le traía recuerdos agridulces. —El año pasado me rompiste el corazón… —murmuró para sí misma, apretando los labios para contener la punzada de nostalgia. Había prometido no llorar más por alguien que no lo merecía, pero algunas heridas tardaban en cerrar. Sus pensamientos se interrumpieron cuando dobló la esquina y chocó contra algo —o más bien, alguien. —¡Oh, no! —exclamó, viendo cómo el capuchino salía disparado de sus manos, empapando el abrigo n***o de un hombre que parecía sacado de una portada de revista. Alto, de hombros anchos y mandíbula fuerte, tenía una presencia intimidante. —¿Qué demonios? —gruñó el desconocido, mirando su abrigo arruinado. —Lo siento muchísimo —balbuceó Hannah, buscando frenéticamente una servilleta en el bolsillo de su delantal—. No fue mi intención, de verdad. Él la miró con el ceño fruncido, sus ojos azules fríos como el hielo. Durante un momento, el silencio entre ellos fue tan intenso como el aire helado que los rodeaba. —¿Siempre eres así de torpe o es solo hoy? —preguntó con sarcasmo, sacudiendo el abrigo. Hannah tragó saliva, sintiéndose aún más pequeña bajo su mirada. —Lo lamento. Si quiere, puedo pagarle la limpieza. El hombre soltó una risa breve y seca. —¿Con tu sueldo de mesera? No te preocupes, no es necesario. El comentario la hirió, pero no dejó que se notara. Solo asintió, deseando que la tierra se la tragara. —No fue mi intención molestarlo. Que tenga una buena noche —dijo al fin, apartándose para continuar su camino. Pero mientras lo hacía, sintió que los ojos de él la seguían. Algo en la sinceridad de su disculpa, en la tristeza que cargaba su voz, había perforado la coraza que llevaba años construyendo. Matthew Clarke no era un hombre que se conmoviera fácilmente. Había aprendido a desconfiar de todo el mundo, especialmente de las mujeres que se le acercaban. Su prometida, Amelia, era el ejemplo perfecto: hermosa y ambiciosa, pero vacía. Sin embargo, aquella joven torpe que acababa de arruinar su abrigo no se parecía a nadie que hubiera conocido. —Matthew, ¿estás bien? —La voz de Amelia interrumpió sus pensamientos. Ella apareció a su lado, envuelta en un abrigo de diseñador, perfecta como siempre. —Sí, solo un pequeño accidente —respondió él, mirando cómo la figura de Hannah desaparecía entre la multitud. Esa noche, mientras la nieve seguía cayendo y las luces navideñas iluminaban la ciudad, ninguno de los dos sabía que ese breve encuentro era solo el comienzo de algo mucho más grande.
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