7.El mapa

1131 Palabras
La mañana llegó sin que yo hubiese cerrado los ojos. El dispositivo aún estaba sobre la mesa, esperándome. Un recordatorio tangible de que mi vida ya no era mía. A las 6:00 a. m. en punto, como si fuera un maldito ritual, la tablet vibró. "Levántate. Báñate. Desayuno en 30 minutos. Vestido gris. Zapatos negros." Cada palabra era una orden disfrazada de cortesía. Tomé el vestido con manos temblorosas. Era de tela suave, demasiado elegante para alguien que ya no era libre. Me lo puse en silencio. Me sentía como una prisionera en un palacio. Una muñeca disfrazada de dama. Al bajar al comedor, Dante ya estaba allí. Café n***o. Periódico en mano. Vestido con un traje oscuro que no decía nada… pero lo decía todo. —Puntual —dijo sin levantar la vista—. Bien. No respondí. No lo miré. Me senté frente a él, con la espalda recta, como si eso pudiera protegerme de su mirada. El desayuno ya estaba servido: huevos perfectos, fruta fresca, tostadas sin una miga fuera de lugar. Todo en esa casa era perfección obligatoria. Incluso el miedo. —Hoy no saldrás —dijo, como si habláramos del clima—. Pero caminarás por el invernadero. Estarás acompañada por Isabella. Y llevarás el auricular. Lo tomé de la mesa. Mis dedos se negaban a sujetarlo, como si con eso aceptara mi condena. —¿Y si no lo hago? —pregunté, sin mirar. Dante alzó la vista. Sus ojos eran como el invierno. Letales y hermosos. —Entonces Luca no tendrá su medicamento esta semana. Sentí cómo se me iba el aire de los pulmones. —Tú... —murmuré, pero no terminé la frase. No había palabras suficientes para el odio que sentía. Dante sonrió, pequeño, satisfecho. —Recuerda, Elena. No es castigo. Es aprendizaje. --- El invernadero era una trampa disfrazada de paraíso. Rosas trepaban las paredes de vidrio. Orquídeas colgaban como joyas vivas. Y sin embargo, todo era vigilancia. Isabella caminaba a mi lado. Silenciosa como siempre. Pero sus ojos se deslizaban por los rincones, por los techos… como si también buscara una salida. —¿Lo has usado antes? —preguntó de pronto, refiriéndose al auricular. Asentí. Lo llevaba puesto desde que salí del comedor. Una voz suave —automática, grabada— marcaba las instrucciones del día. "Cinco minutos en el ala norte. Respira. No toques las flores." Una prisión sin barrotes. Tal como él prometió. —Hay cosas que ni siquiera Dante puede controlar —murmuró Isabella. La miré, sorprendida. Pero no dijo más. Volvimos en silencio. --- Esa noche, cuando me encerré en la habitación, encontré un sobre debajo de la almohada. Mis dedos temblaban al abrirlo. Dentro, una sola hoja. Un mapa. Parcial. Hecho a mano. Con líneas rojas señalando zonas sin cámaras. Con una X pequeña junto al invernadero. Y una frase al final, escrita en la misma tinta negra de la nota anterior: "Él no es invencible. La próxima oportunidad… será la última." El corazón me golpeó el pecho. Con fuerza. Con esperanza. Isabella. Tenía que ser ella. Y aunque sabía que podía ser una trampa más, algo en mis entrañas me decía que no. Dante me había encerrado en una jaula. Pero había alguien más jugando al mismo juego. Y esta vez… yo también sabía mover las piezas. (...) El mapa ardía en mi memoria mientras fingía normalidad. Cada paso que daba bajo la vigilancia de Dante era un acto de equilibrio: no podía parecer sumisa, pero tampoco desafiante. Él notaba todo. Como un depredador aburrido que solo se divertía cuando su presa aún creía tener una oportunidad. Esa noche, me hizo cenar con él. No con los demás. No en el comedor principal. Sino en sus aposentos. La mesa estaba dispuesta frente al ventanal que daba al jardín, con una sola vela encendida. Y por un segundo, pensé que quería seducirme. Pero la forma en que me miraba… no era deseo. Era disección. Como si estuviera observando las partes de mi alma, buscando cuál romper a continuación. —¿Sabes qué detesto más que la traición? —dijo, sirviendo vino en ambas copas—. La ingenuidad. Que creas que alguien puede ayudarte sin pagar un precio. Lo miré. No respondí. —¿Crees que Isabella es diferente? —continuó, con esa voz templada que dolía más que un grito—. Ella también intentó huir una vez. Mi estómago se contrajo. —¿Y qué le hiciste? —pregunté sin poder evitarlo. Dante sonrió con calma. —Nada que tú no vayas a conocer… si sigues por ese camino. Bebí un sorbo de vino, solo para evitar que mis manos temblaran. —¿Por qué haces esto? —murmuré—. Podrías tener a cualquier mujer. Podrías dejarme ir y seguir con tu vida. —Podría —admitió—. Pero no quiero. Se inclinó sobre la mesa, su sombra proyectándose sobre mi rostro. —Porque tú no eres cualquier mujer, Elena. Eres la única que me ha mirado como si pudiera perder. Y eso… me obsesiona. Su sinceridad era peor que cualquier amenaza. Porque significaba que no iba a dejarme ir jamás. --- Después de la cena, me escoltó de regreso a la habitación. Pero esta vez no se despidió. Entró detrás de mí. Cerró la puerta. Se quitó el reloj, lo dejó sobre la mesa. Luego el saco. Lentamente. Deliberadamente. —¿Qué haces? —pregunté, retrocediendo un paso. —¿Te asusta que me quede? —preguntó, sin ironía. —No —mentí. Dante caminó hasta el sillón junto a la ventana y se sentó. —Entonces no hay problema. Me quedé de pie, paralizada. —¿Vas a quedarte aquí toda la noche? —No. Solo hasta que duermas —respondió—. Para asegurarme de que no recibes… visitas inesperadas. El subtexto me golpeó como una tormenta. Sabía. O sospechaba. Y ahora me vigilaba personalmente. Me acosté en la cama de espaldas a él. Cerré los ojos. Pero no dormí. Sentía su presencia. Su vigilancia. Su control. Pasaron horas en silencio. Solo el tic-tac de su reloj llenaba la habitación. Y justo cuando creí que se había quedado dormido, lo escuché levantarse. Su sombra se deslizó hasta mi lado. Sentí su mano rozando mi cabello. —Recuerda esto, Elena —susurró con voz baja, cerca de mi oído—. No hay mapa. No hay aliado. No hay salida… que yo no vea venir. Y luego, con una frialdad absoluta, volvió al sillón. No necesitaba gritar. No necesitaba tocarme. Su amenaza era más efectiva así: susurrada en la oscuridad, sembrada como veneno en mi mente. Esa noche no dormí. Y por primera vez, dudé si el mapa era una trampa. No solo de Dante… sino de mí misma.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR