Me coloqué la camiseta por encima de la cabeza tirándola al cesto, junto con los vaqueros, poniéndome el pijama más calentito que poseía. El pijama era una de las pocas cosas buenas que había en el mundo, junto con el chocolate. La camisa rosa claro abotonada colgaba suelta de mi cuerpo, irritándome mientras intentaba atarme el cordón del pantalón, que no dejaba de estorbarme. Me froté los ojos mientras salía de mi habitación bostezando en dirección a la cocina. Hoy era mi primer día de vuelta a la universidad y me había saltado algunas clases para pasar más tiempo con Maggie. Habían pasado semanas desde el incidente, y por muy bonito que hubiera sido el funeral de Clark, no había sido un cierre. Entré en la cocina a trompicones, casi tropezando con el largo dobladillo de mi pijama, liger

