CAPÍTULO 32

1403 Palabras

Esperé a que volviera, con la secreta esperanza de que no tuviera ninguno de esos tres ingredientes y que, como una persona normal, se limitara a darme un Advil y desearme dulces sueños. Pero era Javier Nansom, y Javier Nansom no era un civil corriente, era algo extraordinario, algo extraño, letal y a la vez tan dolorosamente bello. Entró sosteniendo en sus manos la porcelana más hermosa que jamás había visto. Acunaba un pequeño cuenco blanco con intrincados detalles de flores talladas en sus grandes manos bronceadas y ásperas, y cuando se acercó, mi asombro ante la delicada y preciosa taza en sus manos varoniles se hizo a un lado. Mi rostro se torció en una mueca al ver el asqueroso líquido verde que se agitaba dentro del pequeño cuenco, manchando su lisa superficie blanca con sus nausea

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