—Pásame las cosas—. dijo Sophie con el rostro vacío de emoción, los ojos encendidos de rabia y la voz goteando ira mientras hablaba. —Nunca.— Jay contestó, sus ojos verdes le hacían parecer un niño mientras apretaba la bolsa de caramelos contra su pecho, envolviéndola con sus brazos de forma protectora. Dejé escapar un sonoro resoplido al verlos actuar como niños, dispuestos a luchar hasta la muerte por un caramelo. Javier me tenía bajo arresto domiciliario, ya que según él los tres días habituales no eran suficientes para superar un resfriado, no el letal hombre tras una larga y acalorada negociación había aceptado siete. Mis amigos, siendo los imbéciles melodramáticos que eran, extrañamente me habían dado por muerto, y se presentaron en casa de Javier lamentándose desconsolados. Javier

