Entré en la cocina jugueteando con los dedos mientras caminaba. Su acalorada mirada se clavó en mí y, nerviosa, me pasé el pelo por detrás de la oreja, mirándole de reojo. —¿Tienes hambre?— Me pregunta despacio y yo niego con la cabeza rápidamente. —Quiero ayudar—. Digo levantando la barbilla, sabiendo que iba a negarse, pero yo estaba preparada. Quedarme en esta casa y dejar que él hiciera todo el trabajo estaba empezando a corroerme. Es cierto que era incapaz de realizar tareas domésticas sencillas sin hacerme daño a mí misma y a los que eran lo bastante tontos como para quedarse cerca, pero bajo vigilancia estaría bien. Miro a Javier esperando su reacción, un claro rechazo, pero lo que veo me hace burlarme con desagrado. Sus ojos grises bailan con diversión y clara alegría mientras me

