NIKOLAY El pecho me sube y baja en oleadas furiosas. Mi respiración se convierte en un gruñido entrecortado, y el dolor se expande, abrasando cada costilla como una advertencia punzante. Siento cómo los músculos laten de rabia y de deseo de soltar esta tensión que me consume, como si el cuerpo necesitara liberar la presión bajo la cual he vivido demasiado tiempo. Pienso en Violet, mi pequeña fierecilla. Hace unas horas, la vi en un estado que casi me aterrorizó. Era como si se hubiera deshecho de toda humanidad; sus ojos, esos que me tienen obsesionado hasta la locura, estaban vacíos, como pozos profundos sin fondo ni reflejo. Había desaparecido la chispa que usualmente muestra cuando me mira. Era como si mi pequeña fiera estuviera en un trance del cual no podía salir. En ese momento, s

