Han pasado cinco minutos y sigo parada en la pirámide del Louvre viendo gente pasar de un lado a otro. Me tiemblan las manos y los nervios se apoderan poco a poco de mi estómago. El corazón me late desbocado de solo pensar en lo que sucederá. No estoy segura de que me acepte después de tantos rechazos y semanas sin contestarle, pero debo procurar que me escuche. —Llámalo, Lucas. Por favor—digo armándome de valor. —Estaremos cerca de aquí, Abru. No te preocupes por nada. Solo habla con la verdad; no tengas miedo. Llegado el caso de que las cosas se pongan medio pesadas, no dudes en gritar mi nombre—sonríe—, rápido vendré a rescatarte. —Gracias, rubia. Mil gracias—respondo abrazándola. —Ya viene para acá—dice Lucas cortando la llamada—¿Estás lista? —Listísima—digo frotando mis manos. —

