Una noche con un desconocido

2760 Palabras
Pov Luciana. El perfume enseguida inunda la habitación; es delicioso, fuerte y varonil dando a demostrar la imponencia de su dueño. ¿Quién será? Debe ser algún político importante o empresario, porque su porte fuerte y autoritario lo delata, como también la suma que ofreció por estar conmigo a solas. «Un millón de dólares», si supiera que eso para mí no es absolutamente nada. Me quedo quieta sin moverme de dónde estoy esperando que se acerque a mí, pero no lo hace, siento como se sienta en la cama acolchonada que está en el medio de la habitación, para después hablar; —Baila para mí diantra —pide con una voz tan profunda y gruesa que logra un cosquilleo en mi entrepierna. Camino hasta la pequeña radio que está en la mesa de noche que está en un rincón y coloco s****l Healing. Enseguida la melodía se mete en mi cuerpo y llega hasta mis huesos de manera electrizante, haciendo que comience a mover mi cuerpo a su ritmo. Me muevo tocando mi vientre descubierto, mi cuello y también mis labios mientras estoy de perfil. Puedo sentir en mi espalda su mirada profunda y penetrante como un trozo de hielo. Sigo en lo mío sin darle la cara hasta que… —Voltéate —pide y aunque la barbilla me tiembla lo hago aún con el antifaz puesto. Lo miro a los ojos y, mierda, son tan profundos y hermosos que hacen que me tiemble las piernas. Además, verlo de cerca me permite detallar mejor sus facciones; mandíbula cuadrada, cejas pobladas, y nariz respingada. Por un momento, siento que he visto a este hombre antes en alguna parte, pero después de pensarlo por varios segundos no logro deducir dónde. —Tienes lindas caderas, Principessa —exclama—, muévelas para mí. Coloca las manos hacia atrás simulando sostenerse y estira las piernas para luego cruzarlas y así seguir observandome. Sigo moviendo mis caderas con lentitud, con suavidad, de un lado a otro sin apartar mis ojos de los de él, deseando cautivarlo, deseando como siempre hago para lograr mis cometidos; hechizarlo, hasta el punto de que pierda la cabeza por mí aunque sea por esta noche. Asimismo, bajo mis manos hasta las sandalias de tacón con las que suelo bailar y las quito, primero una y luego la otra, lo hago con sexualidad, sin apartar mi mirada del enorme bulto que tiene el hombre entre las piernas. Me relamo los labios y vuelvo a subir mis manos hasta mis caderas, estando ahí me quito el tutú para así quedar solo con la pequeña braga que, está un poco húmeda por la excitación que me quema las venas. Me acerco a él y sonrío con morbo mientras la bombilla roja que adorna la habitación me alumbra la cara; él enseguida me detalla con las articulaciones contraídas, pero no dice nada, deja que le quite la chaqueta de cuero que lleva puesta y también deja que le quite la camisa. Sus músculos son enormes, tanto que por primera vez en mi vida me siento intimidada por alguien que no sea mi padre. Me muerdo el labio inferior mientras con mi uña le recorro el dorso, el antebrazo y el abdomen, dichos lugares que están adornados por distintos tatuajes, tatuajes que seguramente representa algo, lo sé porque la corona que tengo en mi nuca representa a la reina de la mafia, por lo que supongo que el ángel cayendo del cielo mientras otro le tiende la mano, representa alguna cosa. «Aunque no sé que mierda sea» —Quítate el antifaz —me susurra muy cerca de los labios. —No —respondo para luego besar sus labios. Son gruesos, deliciosos y su sabor por alguna razón se me antojan prohibidos. Abro mi boca producto de la incitación de su lengua que intenta entrar y, enseguida siento como me folla la garganta; sabe a coñac, a cigarrillo y crema de dientes. Le devoro la boca llena de hambre, sintiendome como una cualquiera por estar apunto de follarme a un desconocido, pero no paro, dejo que él me apriete las nalgas mientras yo no dejo de besarlo. Con un movimiento rápido, él me deja debajo de él. Me sorprendo por la rapidez que lo hizo y más por sentir como algo duro me maltrata la pelvis; debe ser enorme y solo imaginarlo un río de desborda en mí. —Cero a uno diantra —me masculla en los labios para luego arrancarme el brasier y liberar mis senos. Sus ojos se posan en ellos y hasta puedo ver la lujuria cuándo los detallas ya que, si algo heredé de mi madre fué el tamaño y la dureza de sus tetas. —Te voy a lastimar el pezon —me susurra llevando su lengua a uno de ellos. La sensibilidad, sumado con la excitación hace que el mero toque de la punta de su lengua me haga estremecer; gimo y me muerdo el labio mientras él no deja de succionar de ellos, como si fuera un puto crío hambriento, hambriento de deseo. —¡Dios mío! —exclamo cuando de golpe me arranca la panty que enseguida queda en sus manos. —Aquí no está Dios diantra, después de que me expulsó del cielo no quiso saber más de mí —me responde logrando que la piel se me torne de gallina Le quito la camisa y también comienzo a bajar el cierre de su pantalón para luego bajarlo, pero su mano me detiene en seco. —Aún no —me dice y yo hago un puchero involuntario. «Nadie me dice cuando si y cuando no» Y se lo demuestro cuando con un movimiento rápido lo dejo debajo de mí, como si ambos estuviéramos luchando por dominar al otro y lo confirmo cuando él enseguida desde abajo comienza a estrujarme la v****a. Con dos dedos, de manera rápida y tortuosa, logrando que mis ojos se dilaten. Me encorvo mientras jadeo y eso parece disfrutarlo, porque enseguida una risita que se me antoja malévola sale de sus labios. —Estás muy húmeda, diantra —habla con la voz entrecortada. Muevo mis caderas en busca de más fricción y como si fuera un premio a mi humedad él mete un dedo en mi cavidad. Suspiro y me muerdo el labio sintiendo como las hebras negras de la peluca se me pegan a la frente. Quiero quitarmela, pero no puedo arriesgarme a que él se de cuenta que no está cogiendo con una bailarina sino con la dama o la reina, de la mafia en Italia. No muchos me conocen en personas, porque no todos tienen ese privilegio, pero si hay muchos rumores de mi él mundo oscuro como suelo llamarme, rumores en dónde dicen que soy cruel, despiadada, pero también inmensamente hermosa y letal, un arma de seducción que ha cautivado a muchos hombres para luego asesinarlos. «Y en mucha de esas cosas no mienten» ¿Me parezco a mi padre? Absolutamente, con la ventaja de que soy mujer y desde los tiempos remotos, Eva fue la que hizo pecar a Adán. —¡Ahh! —otro dedo entra en mi interior de manera dolorosa pero placentera, quiero más, lo deseo, no es suficiente, pero no me atrevo a suplicar, me muerdo el labio con fuerza porque yo nunca he suplicado por algo. Muevo mi cabeza hacía adelante y sonrió mientras lo miro por medio de la máscara, su mirada azul está muy oscura, y su barba espesa me hace tragar grueso al detallarlo de cerca. Es como un ángel, un ángel caído que vino a seducirme. ¿Con qué propósito? Espero que con ninguno otro que no sea más que pasar una noche de pasión. Llevo las manos a su pecho y le acaricio desde ahí hasta llegar a su pantalón y estando ahí lo bajo de un tirón logrando que una polla grande, gruesa y con una cabeza brillosa y con un líquido transparente en la punta sale a reducir. Sonrío complacida al observar el tamaño, ya que las dos parejas que he tenido aunque han sido de tamaño normal, no se compara con la magnitud de esta. «Es idéntica a la Johnny sins» lo se porque muchas veces me he tocado mientras lo veo por medio de mi celular, ya que antes de entregarle a un pendejo prefiero darme autoplacer y así explorarme. Por eso no tengo idea qué cojones aquí, no suelo hacer estas cosas, ¿deseó? ¿Curiosidad? ¿O es el magnetismo de esos azules los que me provocaron? Su mirada llena de hambre cuando estaba en la tarima, cuándo estaba encima de él moviendole mi trasero y poniéndole la v***a dura, tan dura que estaba apunto de reventar la maldita bragueta de su pantalón. —¿La quieres dentro de ti Bambina? —me pregunta en el mismo momento que me voltea. Mi culo queda en pompa y, sin previo aviso y sin darme tiempo a refutar siento como rasga algo con la boca, para luego colocarlo en su falo y… enterrarse de una sola estocada en mi interior. Contengo el grito que se quiere escapar de mis labios por el dolor, dolor que es suplantado por las embestidas endemoniadas que comienza a darme. Con una mano en mi cadera y con otra en mi hombro derecho, entra y sale dentro de mi logrando que sus testículos peguen en mis glúteos. —¡Así! —exclamo sintiendo la corriente que me sube por el estómago y me tiñe el rostro de rojo. —¿Te gusta duro? —me pregunta con la voz entrecortada. Pero no le respondo, no puedo respirar por el largo de su polla que, siento que me llega al alma. Me muerdo el labio y aprieto las sábanas sintiendo lo caliente de su v***a, tan caliente como una brasa que me tortura la entrepierna y la pone a temblar. —¡No pares! —exclamo cuando siento que voy a acabar, pero…él muy maldito para sus embestidas. Aprieto los puños llena de rabia mientras restriego mi culo hacia atrás para que siga lo que estaba haciendo pero… —Dí que la quieres de nuevo, vamos pequeña diablita y te la doy —me susurra en el oído mientras me acaricia el cuello. Aprieto los labios deseando no decirle un carajo y hasta pienso en levantarme y salir de esta puta habitación, pero la dureza de sus v***a húmeda que pega en mis glúteos no me deja; la quiero de nuevo en mi interior y la quiero toda maldición. —Yo… —la voz me tiembla, odio con todas mis fuerzas tener que suplicar por algo, porque nunca he tenido la necesidad de hacerlo, pero el temblor de mi sexo me súplica que lo haga—, dame más —aprieto los dientes, y ni he terminado de decir la palabra cuando siento la siguiente estocada. Una, dos, tres, dejo de contar y me dejo envolver por el desconocido que me revienta el coño hasta hacerme acabar. … Abro los ojos y rebusco entre mi almohada el arma con el que apunto a la silueta oscura que está en mi habitación, silueta que enseguida que lo hago me doy cuenta de quién es. «Luciano Morgan» Lo veo fruncir las cejas y mirarme con sus ojos grises tan idénticos a los míos mientras aprieta la mandíbula; lo conozco, está cabreado, las líneas de expresión las tiene duras y las arrugas que adornan su rostro lo delatan. —¡Padre! —exclamo apretando las sábanas con fuerza. —¿Por qué mierda asesinaste a diez de los hombres de Rinaldi en pleno centro de Palermo? —es lo primero que pregunta. Me cubro con la sábanas mientras me agarro la cabeza que me duele a mares por la falta de sueño. Después de la noche con el desconocido lo dejé completamente dormido y me vine a casa, y agradezco haber tenido la perspicacia de hacerlo, porque si Luciano Morgan llega a llegar a casa y darse cuenta que no dormí en ella sería capaz de guindarme de las greñas castañas. —Estaban ahí y ví la oportunidad —me encojo de hombro sin tomarle importancia. —¡No puedes hacer esa mierda Luciana! Primero no estaba con suficientes hombres, segundos estoy cansado de esa maldita guerra con los Rinaldi, ese hombre es letal, se ha vuelto fuerte y puede vengarse y tocar a, a… algunos de ustedes —la voz se le quiebra. Me acerco a él enrollada entre las sábanas y me pongo de puntillas para besarle la mejillas y espetar: —Eso no va a pasar padre, acabaré con él antes de éso —le hablo tratando de tranquilizarlo, pero al parecer mis palabras lo alteran más. —¡No! Yo me encargaré de esto… —No te metas en mis asuntos, papito —le digo rodando los ojos. —¡Claro que sí lo hago! Soy tu maldito padre Luciana —grita y, antes de que las venas de la frente le estallen, lo ignoro y comienzo a caminar hasta el baño—, ¡Te estoy hablando hija del demonio! —sigue, pero no le hago caso y contrario a eso me encierro en el baño. Quito la sábana con la que me estaba cubriendo y me miro en el espejo para comenzar a asearme pero… me doy cuenta que tengo moretones en todas partes; en el cuello, en las tetas. Me volteo y me doy cuenta que tengo también en una nalga como también un mordisco en la cadera. —¿En qué momento pasó eso? —me pregunto realmente alterada y con los puños apretados, pero enseguida las escenas llegan a mi mente. El desconocido embistiendome en la ducha, yo cabalgando al desconocido mientras él se me comía las tetas, el desconocido comiéndome el ano con la lengua. ¡Mierda! Con razón se quedó dormido tan plácidamente después de todo eso, también sumándole la embriaguez que tenía su cuerpo. «Lo delataban sus ojos rojos» Me sumerjo en la bañera por al menos media hora, para luego salir envuelta en dos toallas, una en mi cabeza y otra en mi cuerpo. Luego, vuelvo a la habitación, temiendo que mi padre siga ahí, pero aún no está. No obstante, me visto con unos vaqueros, una camisa ombliguera que cubre la parte de arriba de mis senos y me hago una coleta alta en mis cabellos. También aplico maquillaje y guardo el arma en mi espalda para luego bajar para el desayuno. «Muero de hambre» El sexo con ese hombre me dejó deshidratada como nunca antes alguien me había dejado. Sonrío al recordarme el regalito que le dejé y luego comienzo a bajar por las escaleras. Cómo están mis padres en casa, supongo que desayunaremos todos en el comedor, por lo que me dirijo hasta ahí y…como era de esperarse están todos como si fueran unos ángeles, incluyendo Lucia simulando que no estuvo todo el día de ayer haciendo no se que cojones en la calle. —Buenos días —hablo tomando mi lugar. —Yo también te extrañé Luciana —me dice mi mamá y yo le sonrío de lado. —Hay cosas que ya sabes madre —le respondo. —Sí, si, como sea —se propone a comer de su plato. Mi madre a pesar de los años, luce hermosa y la verdad que espero haber heredado todo el grado de colágeno que brota de su cuerpo; su silueta sigue igual, no tiene canas porque se tiñe el cabello y su rostro apenas asoma alguna arrugas mínimas. —¿Y el tío Terzo y la tía Gabriella? —le pregunto. —Se quedaron en Moscú, hay cosas que ellos tienen que atender allá —me explica Paula. —Y…—intento preguntar por el menor de mis hermanos y enseguida ella habla antes antes que lo haga. «Tengo la bendita necesidad de controlar todo» —Salvatore se quedó con ellos, tenía que acompañar a Tasya en algo importante —me informa y yo asiento con la cabeza. Tomo una trozo de pan de la mesa y me pongo de pie dispuesta a comenzar con mi trabajo, cuando veo venir a Daniel con algo en sus manos. —Señor —le habla a mi padre que se ha mantenido serio—, acaba llegar una carta de Ángel Rinaldi, con el término “urgente” él me fulmina con la mirada y yo me cruzo de brazos esperando saber que mandó a decir el tal Rinaldi.
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