Capítulo 8:

1185 Palabras
Black Eagles LA VIUDA NEGRA. Libro. 01 Algo no estaba bien, podía olerlo en el ambiente. Se sentía un poco… ¿Observada? ¿Acechada? En ese momento la mirada de Ava estaba fija en un punto de la pared blanca al terminar la llamada. Al parecer los problemas siempre estaban presentes en su vida. Pero tenía la esperanza, que al menos su hermana estaba fuera del radar de su padre. No sabía por cuánto tiempo sería, solo esperaba que fuese el tiempo suficiente. Hasta que ella pudiera resolver todo, y deshacerse de su progenitor para siempre. La sensación de inestabilidad recorría su cuerpo, sentía que algo no andaba del todo bien. Le echó la culpa a la jodida llamada telefónica que había recibido, y también la incertidumbre de no saber qué hacer después que su hermana, y ella estuviesen fuera de la organización de su padre. A su cabeza vino la imagen de Carter, y sus jodidos ojos verdes como la bruma del mar. No podía negar que había algo en ese hombre que la hacía recordar que a pesar de todo su conocimientos en armas, y como causar dolor y agonía a una persona muy debajo de todo eso… había una mujer vulnerable. Sonrió al recordar que él además de ser un buen ejemplar del sexo opuesto, olía delicioso.  No tenía duda que disfrutaría de su compañía, a lo mejor mucho más de la cuenta, para ella eran absurdas las ganas de quererlo conocer un poco más. Ese era un grave error. ¿Cómo lo miraría a los ojos a la hora de matarlo? Sacudió de nuevo su cabeza, no podía acercarse a Carter mucho más de la cuenta, porque su muerte era un hecho inevitable.  Tenía que ser de ese modo, si dejaba pasar esa oportunidad nunca podrían librarse de Román, cosa que no podía permitir.  Su futuro lamentablemente se florecería, después de la muerte de él.  Nunca había permitido que en una misión la atracción por un hombre interfiriera, pero con Ronald Carter era diferente, demasiado para su gusto. El jodido hombre era un buen ejemplar masculino y ella no era ciega. Respiró profundamente. No tenía ganas de seguir pensando, ni en el pasado, ni en el futuro. Debía comenzar a ejecutar su plan. Solo tenía siete meses para hacerlo. La llamada la había alterado un poco, y quería tener noticias de su hermana. En ese momento le dio gracias a Dios, porque la pudo poner alerta a tiempo.  Se cambió de ropa. Cuando era ella misma se sentía incómoda, por no decir que desnuda y vulnerable, durante mucho tiempo había estado trabajando en encubierto. Siempre con un maldito disfraz encima. Ni su padre, ni su hermana sabían cómo era su rostro actualmente.  Se puso un vestido veraniego con flores amarillas, y naranjas a cinco centímetros por encima del muslo. Con la falda en corte A, lo cual hacía ondear la suave tela al caminar. En la parte de arriba era tradicional en corte recto con tiras cruzadas a la espalda de tres centímetros de grueso, pero que hacía ver sus pechos se notaran más provocativos, gracias a la forma del sujetador color amarillo con n***o de media copa que hacía juego con su tanga.  El cabello recogido en un moño flojo, no se molestó en usar maquillaje. Solo un poco de polvo facial, brush para sus mejillas, rímel para sus pestañas y un brillo labial. Por su puesto los lentes de contactos habían desaparecido, y mostraba sus ojos color marrones claros como la miel.  Calzó sus pies con unas sandalias bajas color crema estilo romano. No se chequeó en el espejo. Simplemente salió hasta un centro nocturno dentro del resort, pero quedaba un poco alejado. Ya que el lugar podía ser visitado por personas que no se hospedaban en las instalaciones del gran complejo hotelero. Quería distraerse un poco. Al final de cuentas, era solo una chica de veinticinco años. Tenía derecho a hacerlo, al menos por una vez en la vida. Olvidarse de tanta mierda en su vida, y ser un poco irresponsable.    Al llegar al lugar el ambiente era total y completamente de fiesta. El toque latino le daba alegría al lugar. Caminó hasta la barra al ver un lugar disponible, sonrió al barman y le pidió un trago de ron seco. Específicamente “Parce”, un ron colombiano catalogado como el mejor del mundo, por muy extraño que pareciera, el licor no se vende en Colombia a pesar de que se produce en el país.  El barman la miró un poco extrañado, puesto que era una bebida muy fuerte. Tal vez, pensaba que era una pobre e inofensiva niñita. Ella ladeó la cabeza, le dio su mejor sonrisa retadora, para mirarlo fijamente a los ojos. Sin apartar la vista de él tomó de un solo trago la bebida. Cuando saboreó y sintió que el líquido caliente bajó por su garganta, Deseó por un momento estar en casa, con su madre y su hermana.  —¡Eres ruda! —Dijo el hombre detrás de la barra sacudiendo la cabeza.   Simplemente le sonrió mostrando los dientes, porque él le había hablado en español, y pensó que ella no le entendería. Dejó el vaso de shot encima de la barra y miró a los lados. Al escuchar una algarabía por encima de la música, se encogió de hombros; sin darle mucha importancia a las personas que parecían agitadas, le pidió al barman otro trago y volvió a tomárselo a pecho.  Una de las camareras se acercó a la barra para hacer un pedido. Dicen que la curiosidad mató al gato y al parecer la persona que servía los tragos… lo era.  —¿Qué celebridad ahora ha llegado? —preguntó el barman a la chica de nuevo en español. —No sé si alegrarme o asustarme. El nuevo dueño del resort hizo acto de presencia —respondió la camarera en español también. La chica parecía un poco excitada por la llegada repentina del dueño del resort, pero no la culpaba. Hasta a ella misma el corazón comenzó a palpitar rápidamente. Sacudió la cabeza, eso no podía pasar, se negaba a sentir tal debilidad, y mucho menos por un hombre como Ronald Carter.  —No creo que sea tan mala la cosa —expresó el chico encogiendo los hombros—. Al menos que quiera también comprar este club. Y eso tu y yo sabemos que no va a suceder.  —Para ti nada nunca es malo, así venga el demonio y destruya el mundo frente a tus propios ojos —replicó la chica, entornando los ojos hacía su amigo. Luego dio la vuelta para llevar el trago que le habían pedido. Ava emitió un suave gruñido, porque su corazón comenzó a latir más fuerte. Tampoco entendía el por qué,  y mucho menos que en su  estómago sintiera como si mariposas revoloteaban dentro. Por no decir también, que sus manos se pusieron frías. No tuvo tiempo de salir del lugar, ya que el fuerte olor de un perfume conocido llegó hasta sus fosas nasales, haciendo temblar sus piernas.
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