ANASTASIA
En la casa de los Miller todos los días se parecían. Trabajo desde que salía el sol, órdenes que cumplir sin rechistar y un sueldo que apenas alcanzaba para sobrevivir. Nada nuevo.
Antes del desayuno, Daniela, la jefa del servicio, repartió las tareas como si dirigiera un cuartel. Luego me llamó aparte para reprenderme. Johana, su consentida, había dicho que yo era lenta y descuidada. Eso bastó para que me cayera encima otra lluvia de críticas. Daniela siempre le creía a ella.
Yo ya venía arrastrando el cansancio desde temprano. La abuela había vuelto a amanecer con el oxígeno bajo y la preocupación me tenía el pecho apretado. Aun así, no podía darme el lujo de fallar.
Me tocó la escalera principal, esa enorme estructura de mármol que parecía sacada de un hotel de lujo. Limpiarla era una tortura. Subir, bajar, arrodillarme, frotar cada peldaño hasta que brillara. La cera tenía un olor fuerte que se quedaba pegado a la piel y me dejaba las manos opacas y pegajosas. La espalda me ardía y las rodillas ya estaban marcadas de tanto trabajo.
Estaba inclinada puliendo uno de los escalones cuando escuché voces alteradas en la entrada. Me incorporé y miré hacia abajo.
El señor y la señora Miller discutían con evidente nerviosismo. Él caminaba de un lado a otro. Ella golpeaba el suelo con el tacón, impaciente. Débora observaba la escena desde el sofá, hojeando una revista con aire despreocupado.
—¿Y por qué aparece ahora, después de tantos años? Pensé que ya no existía —dijo ella sin levantar mucho la vista.
El señor Miller frunció el ceño.
—No tengo idea de qué pretende. Creí que se había ido para siempre.
—Esto no nos conviene, Sandro —insistió su esposa—. Puede arruinarnos.
No alcanzaron a decir más. La puerta se abrió.
Un hombre entró arrastrando dos maletas. La señora Miller soltó un pequeño grito al verlo.
Él sonrió, pero no era una sonrisa amable.
—Vaya, Lana… pensaba que estarían felices de verme —comentó con una voz grave cargada de ironía.
Sentí que el aire me faltaba por un segundo.
Era impresionante. Alto, traje oscuro perfectamente ajustado, hombros firmes. Tenía el cabello n***o, los ojos de un tono entre verde y azul que parecían cambiar con la luz, y un rostro marcado, casi perfecto. Si no fuera por la cicatriz que le cruzaba el lado izquierdo de la cara, desde la sien hasta el cuello. La herida ya estaba cerrada, pero la marca seguía siendo evidente.
—Steven… —dijo el señor Miller, forzando una sonrisa—. Me alegra verte, hijo.
Le extendió la mano. Steven la miró con una mezcla de burla y desconfianza antes de aceptarla. Cuando se la estrechó, lo acercó bruscamente y le susurró algo al oído. No escuché qué fue, pero el señor Miller se puso rígido.
Poco después, él y su esposa se retiraron al interior de la casa.
Steven dejó las maletas en el suelo y recorrió el vestíbulo con la mirada, como si evaluara cada rincón. Débora volvió a su revista. Daniela apareció enseguida, con esa sonrisa falsa que usaba cuando quería agradar.
—Bienvenido, señor Steven. Estábamos aguardando su llegada. El señor Miller estará encantado de tenerlo aquí —dijo con tono empalagoso.
Yo sabía que bajo esa apariencia amable se escondía alguien muy distinto.
Mientras ella hablaba, él seguía observando el lugar… hasta que sus ojos se detuvieron en mí.
Me quedé quieta. Sentí su mirada recorrer mi uniforme sencillo, mis manos manchadas de cera, el frasco que aún sostenía.
Daniela también se dio cuenta.
—Anastasia —ordenó con sequedad—, lleva el equipaje del señor Steven al dormitorio de invitados y asegúrate de atenderlo como corresponde durante su estancia.
Me quedé paralizada un segundo más.
—¿Me oíste? —insistió con desdén—. Sabía que eras torpe, pero no imaginé que también fueras lenta para entender.
Bajé la cabeza, avergonzada. Steven no apartaba la vista de mí. Su expresión era intensa, difícil de descifrar.
—Lo siento —murmuré.
—Entonces muévete. Toma las maletas y acompaña al señor Steven a su habitación.
Aparté el frasco de cera a un lado del escalón y me froté las manos en el delantal mientras bajaba deprisa. No quería hacer esperar más a aquel recién llegado.
Daniela ya se había marchado del vestíbulo. Él, en cambio, acababa de cruzar la entrada. Me observó sin disimulo cuando me agaché a levantar sus dos maletas. Pesaban una barbaridad. Sentí cómo los brazos me temblaban mientras intentaba cargarlas. Aun así, hice el esfuerzo. No quería darle otro motivo a Daniela para regañarme.
Por el rabillo del ojo noté que él sonreía, divertido por mi lucha silenciosa con el equipaje.
—Déjalo, cariño. No creo que algo tan pequeño pueda con eso.
¿Pequeña? No era precisamente diminuta. Tenía curvas de sobra y presencia. Pero comparada con él, que parecía hecho de piedra y músculo, cualquiera se vería más chica.
Se acercó, tomó las maletas como si no pesaran nada y me miró.
—Anda, guíame.
Asentí y eché a andar delante de él. Lo llevé hacia el ala izquierda de la casa, cerca del dormitorio del señor Miller. Normalmente nadie se hospedaba allí. Sin embargo, sin pensarlo demasiado, lo conduje justo a esa habitación, lejos del resto del personal.
Abrí la puerta y entré. Él pasó detrás y la cerró. Se quitó la chaqueta y aflojó la corbata antes de desaparecer en el baño, seguramente para bañarse.
Aproveché ese momento para ocuparme de su equipaje. Dejé las maletas en el suelo y empecé a sacar la ropa. Estaba arrugada, así que bajé corriendo a la lavandería por la plancha de vapor. No quería que saliera y viera todo hecho un desastre.
Cuando regresé y seguía ordenando, salió del baño cambiado. Llevaba una camiseta negra y pantalones deportivos del mismo color. Se sentó en la cama, concentrado en su teléfono, mientras yo colgaba y doblaba cada prenda con cuidado.
—Princesa, ¿cuánto tiempo llevas trabajando aquí? —preguntó sin levantar la vista de la pantalla, tecleando rápido.
—Un poco más de un año —respondí.
—Ya veo… ¿Y el viejo? ¿Está enterado de que estoy aquí?
Alcé la mirada justo cuando él se levantaba y se acercaba a la ventana. Se quedó contemplando el exterior, dándome la espalda.
—El señor Miller está… tan bien como puede estar. No sé si sabía que vendrías. Esas cosas no me las cuentan.
Se volvió y se apoyó en el marco, observándome con atención. Su mirada era intensa, casi incómoda. Sentía que registraba cada movimiento que hacía.
Llegué al fondo de la maleta. Allí estaban sus boxers, doblados con cuidado. Dudé un instante antes de tocarlos. No era algo que me gustara hacer, pero era parte del trabajo. Los guardé rápido en el cajón, sintiendo cómo me ardían las mejillas.
Escuché su risa baja.
—Tranquila. Solo es ropa interior… la mía.
No respondí. Preferí seguir con lo mío.
Él salió del cuarto unos segundos después, dejándome sola.
Terminé de acomodar lo que faltaba, cerré las maletas vacías y las guardé en el armario. El cansancio me pesaba en todo el cuerpo. Sentía que en cualquier momento me desplomaría.
Pero aún no había terminado la jornada.
Suspiré.
Tocaba volver a la escalera.