Hundida en desgracia
ANASTASIA
El cansancio me pesaba hasta en los huesos.
Doblé las toallas casi por reflejo y las acomodé en el estante de la lavandería sin mirar demasiado. El fin de semana me había pasado factura. El sábado por la noche trabajé turno doble en el club de golf por la celebración anual de los fundadores, y todavía lo estaba pagando.
El salón estaba lleno de hombres con trajes caros y sonrisas, acompañados de mujeres jóvenes con vestidos que brillaban más que sus miradas. Mi trabajo consistía en ir y venir sin parar, sosteniendo bandejas de bocadillos diminutos y copas de champán que nunca dejaban de vaciarse. Desde fuera parece glamuroso. Desde dentro es agotador.
Conseguir ese empleo no fue fácil. Pero lo necesitaba. Mi sueldo como empleada doméstica en la residencia de los Miller apenas alcanzaba para cubrir lo básico, y cada moneda extra hacía la diferencia.
Las cosas no habían sido sencillas en mi vida. Cuando terminé el instituto, entendí que seguir estudiando era un lujo que no podía permitirme. Aun así, lo intenté. Envié solicitudes a universidades, institutos técnicos, cualquier lugar que ofreciera algún tipo de beca. Me aferré a la esperanza hasta que empezaron a llegar las respuestas.
Una tras otra.
No.
No cumplía el perfil.
No alcanzaba el promedio.
No era suficiente.
Siempre sospeché que no destacaba por mi inteligencia, pero leerlo entre líneas, repetido tantas veces, terminó por hundirme. La poca confianza que tenía desapareció.
Metí las sábanas en la lavadora y suspiré. Trabajar en la mansión principal de los Miller no daba tregua.
El salario era decente. Pagaba el alquiler del pequeño apartamento, la luz, el agua, la comida y el transporte. Lo que quedaba se iba directo a los medicamentos de mi abuela. No había alternativa.
Ella me recibió cuando me dejaron en su puerta siendo apenas un bebé. Nunca fue cariñosa, jamás me abrazó ni me dijo palabras dulces, pero me dio techo, comida y la oportunidad de terminar la escuela. Con su empleo de cajera no podía ofrecer mucho más, y aun así lo hizo.
El viejo reloj del vestíbulo resonó con su campanada grave. Hora del almuerzo.
Terminé en la lavandería y fui a la cocina para ayudar a preparar la mesa. El señor y la señora Miller comerían junto a su hija Débora, que regresó a la casa después de su divorcio, y la pequeña Kendall, que apenas cumplía un año.
Los lunes me correspondía atender al patriarca.
El señor Ethan Miller no salía de su ala desde que su esposa murió. Decían que Megan Miller había sido elegante, hermosa, amable. Desde su partida, él se volvió un hombre ensombrecido por la ausencia. Prefería comer solo en la terraza acristalada, lejos del resto de la familia.
La artritis había deformado sus manos hasta el punto de que apenas podía sostener los cubiertos. Siempre necesitaba ayuda. Yo le llevaba la bandeja, acomodaba los platos y, si hacía falta, lo asistía.
Cuando por fin cayó la noche, yo ya no tenía energía.
Ese día salí aún más tarde. Débora, como casi siempre, dejó a Kendall llorando mientras anunciaba que debía salir de compras con sus amigas. Nunca había trabajado. La herencia de su abuela y el dinero del divorcio le garantizaban una vida cómoda sin esfuerzo.
Kendall solo se tranquilizaba conmigo o con su niñera. Si yo estaba disponible, me correspondía atenderla. Y no me molestaba. Al contrario. Era una niña dulce, necesitada de afecto. Yo casi nunca hablaba más de lo necesario, pero con ella podía pasar horas inventando sonidos y palabras sin sentido.
Finalmente llegó el primer autobús. Bajé en la tercera parada y esperé el siguiente. Esa noche parecía demorarse más que de costumbre.
Me apoyé contra el muro y saqué de mi bolso mi pequeña agenda de cuero color durazno. Era mi objeto más preciado. Allí guardaba todo lo que no podía decir en voz alta. Metas, pensamientos, recortes, imágenes arrancadas de revistas.
Las páginas de collage eran mis favoritas.
Vestidos que jamás podría comprar. Casas con ventanales enormes. Viajes a ciudades que solo conocía por fotografías.
Durante unos minutos, mientras pasaba esas páginas, me permitía imaginar que esa vida también podía ser mía.
El segundo autobús llegó con un chirrido largo y cansado. Subí sin pensar demasiado y me dejé caer junto a la ventana. Las luces de la ciudad pasaban borrosas mientras hacía, como cada noche, la lista mental de lo que me esperaba.
Comprar la medicina de la abuela. Revisar las facturas. Limpiar el apartamento. Intentar entender por qué mi vida parecía un pasillo sin puertas.
Necesitaba algo que rompiera esa rutina. Algo que me hiciera sentir viva, no solo útil.
Me bajé cerca del edificio y, antes de entrar, pasé por el pequeño quiosco de la tienda de la esquina. Compré el periódico más barato. No porque me interesaran las noticias, sino por las imágenes.
El apartamento me recibió con el mismo silencio de siempre. Un espacio pequeño, una sola habitación real, y el sofá convertido en mi cama desde hacía meses. El cáncer obligaba a la abuela a ocupar el dormitorio. Ella necesitaba comodidad. Yo podía arreglármelas.
Abrí la puerta con cuidado para no despertarla. Revisé el tanque de oxígeno, acomodé la manta sobre sus piernas y me quedé unos segundos mirando cómo respiraba. Después cerré sin hacer ruido.
Me duché rápido. El agua caliente ayudó un poco a aliviar la tensión en mis hombros. Preparé un sándwich sencillo y me senté en la mesa diminuta de la cocina.
Pasé las páginas del periódico sin interés hasta que la vi.
Una casa enorme frente al mar. Fachada blanca. Ventanales abiertos al horizonte. Parecía sacada de otra realidad.
Saqué las tijeras.
Esa imagen terminaría en mi cuaderno.
Todo terminaba ahí. Cada restaurante elegante que encontraba en revistas viejas, cada vestido imposible, cada rincón bonito de alguna ciudad que no conocía. Incluso había pegado la foto de una cama con dosel que parecía sacada de una película. Y sí, también había impreso el logo de Netflix alguna vez, como si eso representara tiempo libre y tranquilidad.
Para otros podría parecer infantil. Ridículo, incluso.
Para mí era una promesa pequeña. Un recordatorio de que existía algo más allá de sobrevivir.
Aunque, siendo honesta, nunca me permití imaginar demasiado. No sueños gigantes. No castillos en el aire. Solo cosas que, en teoría, podrían alcanzarse con suficiente esfuerzo. Durante diecinueve años mi objetivo principal había sido uno solo: resistir.
Un bostezo largo me dobló la espalda. El cuerpo me dolía como si hubiera corrido una maratón invisible. Dormir una noche entera no era suficiente; sentía que necesitaba semanas.
Pero dormir no resolvía nada.
Tenía que encontrar otro empleo. Uno mejor pagado. La salud de la abuela empeoraba, y eso significaba más consultas, más medicinas, más gastos. Siempre más gastos.
Revisé ofertas días atrás. Todas pedían experiencia. Títulos. Certificaciones. Yo solo tenía un diploma de secundaria mediocre y demasiadas ganas de no rendirme.
Se me llenaron los ojos.
Llorar se había convertido en parte de la rutina nocturna. No recordaba la última vez que me acosté sin hacerlo. Intentaba convencerme de que debía estar agradecida. Tenía un techo. Tenía trabajo. Tenía a mi abuela.
Pero la gratitud no elimina el cansancio. No paga facturas. No cura enfermedades.
A veces imaginaba cómo sería tener un poco más.
Más dinero para no contar monedas.
Más estudios para no sentirme insuficiente.
Más familia que no fuera solo una historia incompleta.
Más cariño.
Más espacio.
Más tiempo.
Simplemente más.
Si alguna vez se me presentara la oportunidad, la tomaría sin pensarlo dos veces. El orgullo no sirve cuando apenas logras mantenerte en pie.