ANASTASIA
Hoy era sábado y me estaba preparando para mi turno en el club de golf. Era camarera y servía en la cafetería, donde la gente solía reunirse después de jugar. El campo de golf estaba a 30 minutos del apartamento, así que tenía que salir un poco antes para evitar quedarme atrapada en el tráfico.
Me aseguré de que la abuela estuviera bien atendida durante el día y de que todo estuviera en orden. Cogí mi agenda y la metí en el bolso, porque nunca la pierdo de vista.
Anoche fue otra noche de llanto para mí porque estaba estresada. Realmente no me va bien en situaciones estresantes. La ansiedad se apodera de mí. Estaba preocupada por el collar que rompí y por si estos serían mis últimos días de trabajo en la mansión.
Mientras me dirigía al club de golf, no pude evitar sentir que alguien me vigilaba. Anoche, antes de entrar en el apartamento, esas dos sombras que había visto anteriormente volvieron a aparecer y desaparecieron en un segundo.
Me detuve un momento y miré por encima del hombro. Me sentía muy incómoda. La ropa que llevaba tampoco me hacía sentir mejor. Las faldas cortas y las camisetas de golf eran obligatorias para todo el personal femenino, mientras que los hombres podían llevar pantalones largos o pantalones cortos decentes.
Bajé del autobús y entré en el campo. Me dirigí al vestuario para dejar mi bolso y recogerme bien el pelo. Me puse la visera obligatoria y fui a la zona de la cafetería. Ya estaba llena y bulliciosa. Fiché y empecé mi turno, recogiendo los platos que quedaban, retirando las copas de mimosa y tomando nota de los pedidos.
Mientras volvía a la cocina con seis copas de mimosa medio llenas que había que retirar, una mujer rubia, alta y con curvas, chocó conmigo. Por suerte, solo se cayeron dos copas y se derramó un poco de líquido sobre mi camisa, pero, aparte de eso, fue un rescate rápido.
—¡Mira por dónde vas!—, gruñó la mujer y se marchó. La miré con el ceño fruncido mientras se alejaba, porque había sido culpa suya y, sin embargo, me estaba diciendo que mirara por dónde iba. La seguí con la mirada y se fue a situarse junto a un grupo de personas. Un grupo de tres chicos, para ser más precisos. No podía ver a ninguno de ellos porque me daban la espalda, pero el chico junto al que se situó me resultaba extrañamente familiar.
La ignoré a ella y a su estupidez y me puse a limpiar. Mojé mi camisa y la limpié del zumo de naranja y el alcohol, y ahora solo quedaba secarla.
Seguí limpiando y secando las mesas que quedaban y sirviendo los pedidos a la gente. La mujer rubia no estaba por ninguna parte y eso me alegró. Estaba decidida a no dejar que fuera un mal día. Ya había tenido suficientes.
Le di otra orden a la cocina cuando el gerente se acercó a mí.
—Anastasia, deja lo que estás haciendo y ve con ellos—, dijo señalando un carrito de golf de seis plazas en el que iban cuatro personas. Más concretamente, donde iba sentada aquella rubia grosera. Ella me miró con una sonrisa burlona y luego, de forma muy ostentosa, rodeó con el brazo al hombre que conducía el carrito.
Podría reconocer esos ojos verde azulados en cualquier parte.
Miré a mi gerente:
—¿Yo? ¿Por qué tengo que ir con ellos?
Él suspiró molesto:
—Han solicitado que seas la encargada de su sesión. No te olvides de llevar las bolsas de golf correctamente.
Lo miré con incredulidad. Ni siquiera sé jugar al golf. Soy camarera, esa era mi descripción del trabajo, no llevar bolsas y ayudar en el campo. Abrí la boca para decir algo, pero él simplemente me empujó y murmuró “muévete”.
Me acerqué vacilante al carrito y los dos hombres que iban detrás de Steven y la mujer rubia ni siquiera me miraron.
Miré hacia delante y Steven sonrió, pero no era una sonrisa dulce, sino más bien un gesto de autosatisfacción. Ladeó la cabeza e indicó que me sentara en la última fila del carrito junto a las bolsas de golf.
Fueron tres horas miserables en las que no sabía qué hacer, y Steven y la rubia, que se llamaba Bethany, estuvieron muy cariñosos todo el tiempo. Me sentí aliviada cuando llegamos de vuelta a la cafetería y terminaron su juego.
Inmediatamente dejé el carrito y corrí de vuelta a mi trabajo real, sin importarme recibir una propina de ninguno de los dos.
*
STEVEN
Ella estaba como un ciervo atrapado en los faros durante todo el juego. No sabía qué hacer y, para ser sincero, yo tampoco. Nunca en mi vida había jugado a un juego tan aburrido y lento, así que busqué un tutorial en YouTube de camino aquí. Yo era más de rugby y fútbol, pero solo era una excusa para verla hoy.
La hermosa Anastasia
Sonreí para mis adentros al pensarlo. Apenas la veía en la mansión porque ella siempre estaba ocupada o yo siempre estaba fuera. No quiero estar allí. Quiero irme lo antes posible porque no soporto los recuerdos, pero al menos ella lo hace un poco más llevadero. El simple hecho de verla fregar el suelo o limpiar el polvo de los armarios hace que mi día sea un poco mejor. Solo con mirarla me siento mejor.
Joel y Levi me acompañaron hoy. Eran mis guardaespaldas y mi seguridad desde hacía mucho tiempo. Hacían lo que se les ordenaba y siempre velaban por mis intereses, pero estos dos parecían incapaces de relajarse. Si un juego lento y aburrido como el golf no conseguía que se soltaran, no sabía qué lo haría.
Estábamos todos sentados en una mesa de la cafetería. Anastasia entró corriendo en cuanto volvimos y desde entonces nos ha estado evitando.
Miré a Bethany, que estaba pegada a mí como una pequeña sanguijuela. Bethany era una amiga de la infancia a la que había olvidado por completo hasta que me la encontré el otro día. No éramos especialmente íntimos, pero sabía que traerla aquí sería la opción correcta, ya que era una chica sin compromisos. Le encantaban los hombres y le encantaba salir de fiesta.
—Voy al baño—, dije sin dirigirme a nadie en particular. Me levanté y me alejé de la mesa.
Cuando entré en el baño, alguien más entró detrás de mí y oí que se cerraba la puerta con llave.
Bethany me había seguido y me giré para mirarla.
—Por fin un rato a solas, Steven—, dijo seductoramente. Bethany estaba buenísima, con unos pechos turgentes y un cul0 estupendo. Eso se lo concedía, pero no era guapa ni era mi tipo. Últimamente, solo tenía ojos para una mujer bajita y voluptuosa, con el pelo castaño y unos seductores ojos marrones oscuros.
Simplemente arqueé las cejas ante su comentario y ella se acercó a mí. Me rodeó el cuello con las manos y acercó sus labios a mi cuello, chupando y besando.
Sonrió y me miró con sus ojos grises mientras se agachaba y se ponía de rodillas.
Imagina a Anastasia de rodillas
Bethany me abrió la bragueta y me bajó los pantalones, seguidos de los calzoncillos. La idea de Anastasia de rodillas, con su exuberante melena castaña salvaje e indómita, lamiéndose los labios carnosos que se hinchaban por mí, tomándome entre sus manos y acariciándome unas cuantas veces antes de chvpármela... Me puse duro como una roca con esa idea.
Siseé cuando Bethany me metió en su boca con un movimiento rápido, pero, por desgracia, tenía un reflejo nauseoso que no le permitía ir más allá.
Supongo que tendré que conformarme.
Con rudeza, le agarré el pelo, que llevaba recogido, y me coloqué en su boca. Cerré los ojos, ya que solo una imagen de cierta persona invadía constantemente mis pensamientos.
Empujé con fuerza dentro de la boca de Bethany y moví su cabeza arriba y abajo con mi mano. Si Anastasia estuviera haciendo esto, no habría durado ni 30 segundos.
—Oh, sí, vamos...—, gemí ligeramente mientras Bethany seguía chupando. Me pregunto cómo sería la boca de Anastasia. Cerré los ojos y disfruté de ese pensamiento.
Estaba a punto de correrme.
—Mmh, sí, así, Anastasia—, sentí cómo me estremecía y alcancé el clímax en la boca de Anastasia.
Bueno, en la boca de Bethany, por desgracia.
La miré y ella me miró con enfado.
—Soy Bethany, Steven. No Anastasia—, se quejó.
Asentí con la cabeza solo para que me dejara en paz e inmediatamente me subí los pantalones y los calzoncillos. Ella también se levantó e intentó besarme en los labios, pero moví rápidamente la cabeza para que me besara en la mandíbula.
Parecía molesta, pero no dijo nada. Abrí la puerta y salí.
Bethany me siguió y caminó detrás de mí mientras se lamía los labios y se limpiaba el lado de la boca, que aún tenía algunos restos míos. Cuando salí, Anastasia estaba allí de pie con una bandeja en la mano. Frunció el ceño y se hizo a un lado para dejarme pasar, pero antes de que pudiera pasar, me llamó.
—¿Señor Steven?
Me volví hacia ella:
—¿Sí?
—Tiene la bragueta abierta.