Regina debería haber sabido que mentirle a su ex, a sus amigas, a su madre y a medio i********: no iba a salir gratis.
Pero ahí estaba. Sentada en el sofá de su departamento, con el celular vibrando sin parar y el hashtag #NuevoNovioDeRegina escalando posiciones como si fuera un escándalo nacional.
—Nos estamos volviendo virales —murmuró, mirando a Cina.
Cina estaba apoyado en la pared, impecable como siempre, con esa camisa negra que parecía diseñada para destruir la estabilidad emocional de cualquiera.
—Eso estaba dentro de las posibilidades —respondió tranquilo—. Cuando uno besa así en público, la gente comenta.
Regina lo fulminó con la mirada.
—No estaba en el contrato besarme así.
Él arqueó una ceja.
—Tampoco estaba en el contrato que me miraras como si quisieras desarmarme.
Silencio.
Peligroso. Denso. El tipo de silencio que no se puede archivar en una carpeta de “solo negocios”.
Regina carraspeó y tomó el sobre con el contrato impreso que había dejado sobre la mesa días atrás. Lo abrió con teatralidad exagerada.
—Cláusula uno: presentaciones públicas limitadas a eventos sociales específicos.
Cláusula dos: demostraciones físicas moderadas y consensuadas.
Cláusula tres: nada de sentimientos.
Cina se acercó. Demasiado.
—¿Y dónde dice que está prohibido sentir?
Ella levantó la vista.
Ahí estaba el problema.
No decía nada.
Porque nadie firma un contrato pensando que va a perder el control.
—Esto se está complicando —susurró Regina.
—No. —Cina negó suavemente—. Se está volviendo real.
El celular volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje de su ex.
“¿Podemos hablar?”
Perfecto. El universo tenía timing dramático.
Regina miró la pantalla. Luego a Cina. Luego otra vez la pantalla.
—Se supone que todo esto era para superarlo —dijo en voz baja.
—¿Y lo superaste?
Ella pensó en el beso. En la manera en que su estómago se desordenaba cuando Cina la miraba. En cómo ya no estaba fingiendo sonreír.
Sonrió.
—Creo que sí.
Cina se acercó un paso más. Ya no había espacio para ironías ni contratos ni cláusulas ridículas.
—Entonces quizá el plan funcionó.
—No como esperaba.
—Los mejores planes nunca lo hacen.
Regina dejó el contrato sobre la mesa. No lo rompió. No lo necesitaba.
Porque algunas cláusulas se desarman solas cuando el corazón decide ignorarlas.
Y cuando Cina la besó otra vez, esta vez sin público, sin cámaras y sin hashtags, Regina entendió algo peligroso:
No había contratado un novio.
Había contratado el inicio de un problema mucho más serio.
Uno que no tenía fecha de vencimiento.
El timbre sonó como si el destino tuviera pésimo sentido del humor.
Regina se quedó congelada en medio del living.
Cina no.
—¿Esperas a alguien? —preguntó con una calma sospechosamente atractiva.
Ella miró el celular.
Mensaje nuevo.
“Estoy abajo.”
Por supuesto que estaba abajo. Porque los ex siempre aparecen cuando una empieza a sentirse feliz.
—Es él —murmuró.
Cina ladeó la cabeza. No parecía molesto. Tampoco celoso. Pero algo en su postura cambió: más recto, más firme. Más territorial.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó.
La pregunta la descolocó. Porque la respuesta era importante.
Si decía que sí, volvía a lo cómodo. A lo conocido.
Si decía que no… admitía que ya no estaba fingiendo.
El timbre volvió a sonar.
—Quédate —dijo finalmente.
Cina no sonrió. Pero sus ojos sí.
Regina abrió la puerta con una mezcla peligrosa de nervios y adrenalina.
Y ahí estaba él. Impecable. Con la misma sonrisa confiada de siempre.
—Regi —dijo, como si nada hubiera pasado—. Te ves… distinta.
—Se llama felicidad —respondió ella, demasiado rápido.
Entonces él lo vio.
A Cina.
De pie, relajado, pero con la seguridad de alguien que no necesita demostrar nada.
—Ah —murmuró su ex—. Así que es verdad.
—Lo es —intervino Cina, acercándose lo justo. Sin exagerar. Sin forzar. Solo… natural.
Y ese fue el verdadero golpe.
Porque no parecía actuación.
El ex recorrió a Cina con la mirada. Evaluando. Midiendo. Comparando.
—¿Y cuánto tiempo llevan?
Regina sintió el vértigo de la mentira a punto de explotar.
Cina respondió antes que ella.
—El suficiente.
Su mano encontró la cintura de Regina. No posesivo. No teatral. Sencillo.
Pero esa simple presión la hizo respirar diferente.
—No sabía que te gustaban… así —dijo el ex con un dejo de arrogancia.
—A mí tampoco —contestó Regina—. Pero resulta que me gustan los hombres que cumplen lo que prometen.
Golpe bajo. Merecido.
El silencio se volvió incómodo.
—Solo vine a decirte que quizá cometí un error —soltó el ex, bajando un poco la guardia.
Y ahí estaba. La frase que meses atrás habría cambiado todo.
Pero ahora no.
Regina miró a Cina.
No por ayuda.
No por guion.
Lo miró porque quería.
Y eso cambió todo.
—Yo también cometí uno —dijo ella—. Pensar que necesitaba que volvieras.
La puerta se cerró con suavidad. Sin drama. Sin portazos.
Solo decisión.
Cuando se dio vuelta, el aire entre ella y Cina era distinto. Más honesto. Más peligroso.
—Eso no estaba en el contrato —murmuró él.
—¿Qué cosa?
—Que me eligieras.
Regina sintió cómo algo en su pecho se acomodaba.
—Quizá es momento de actualizar las cláusulas.
Cina dio un paso hacia ella.
—O de romperlas.
Y cuando la besó, no hubo cámaras.
No hubo plan.
No hubo mentira.
Solo una certeza incómodamente deliciosa:
Esto ya no era una actuación. Esto era la vida real.
——-
¿Qué les va pareciendo la historia?
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Las leo!!!!