Era preciosa.
No podía negarlo. Peter se tomó un segundo para observarla bajo la luz cálida y tenue de la suite, permitiendo que su mirada bajara por la línea de su cuello hasta perderse en el escote que desafiaba su autocontrol. Sus labios carnosos lucían jodidamente apetecibles, humedecidos por el rastro del cóctel que habían compartido minutos antes, y sus ojos grises brillaban de una forma tan seductora que le hizo tragar saliva con una pesadez que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Quería follarla durante toda la noche, perderse entre esos pechos que se notaban redondos y firmes bajo la tela, acariciar cada centímetro de esa piel que juraba sería la más suave que sus manos hubiesen tocado. El trayecto del club al hotel no había sido un problema; bastó con chasquear los dedos para que su auto le fuera entregado en la entrada y en un abrir y cerrar de ojos, ya estaban dentro de esa habitación. La lujosa suite de un hotel de cinco estrellas, porque una mujer como ella no merecía menos que eso.
Pudo haberla llevado a su casa, o a ese apartamento que visitaba poco para mantener su privacidad, pero no estaba pensando en formalizar absolutamente nada. Lo único que ambos necesitaban era saciar unas ganas que quemaban el aire entre ellos y esa suite era el lugar perfecto para lo que estaba por suceder.
Sirvió dos copas de vino moviéndose con soltura, aunque sus ojos no se despegaron de su hermosa figura ni un solo instante. Dio un trago largo y pausado cuando la vio relamerse los labios en un gesto que fue una caricia directo a su entrepierna. Quería probarlos; deseaba aplastar esa boca seductora con la suya y sucumbir a una noche que prometía ser tan excitante como la mujer que tenía al frente, igual que lo había hecho otras tantas veces con otras tantas mujeres, pero con una urgencia que lo estaba desconcertando. Valery sonrió sin bajar la mirada, sin intimidarse ni un poco ante el verde de sus ojos. Maldición, de verdad que eran intensos y se oscurecían más por la falta de luz. Peter buscaba provocarla, esperaba quizás darle la última oportunidad de retractarse, porque sabía perfectamente que, una vez que su lengua estuviera dentro de su boca, no habría vuelta atrás ni espacio para el arrepentimiento. Pero ella no parecía querer cambiar de opinión en lo más mínimo, y lo supo con certeza cuando se acercó lo suficiente para que sus alientos se mezclaran.
Se embriagó con el aroma de su colonia masculina, el aroma mismo de la lujuria.
Peter dejó la copa sobre una mesa lateral y, con el pulgar, acarició su labio inferior. Las pestañas largas de ella revolotearon ante el contacto, pero no retrocedió; observó en esos ojos grises el mismo deseo que albergaba en todo su cuerpo, era una chispa de rebelión que le encantaba encontrar en una mujer. El corazón de Valery latió fuerte ante la expectativa, supo de inmediato que iba a besarla y carajo, no quería detenerlo, ansiaba que lo hiciera de una buena vez y que le demostrara qué tan bien sabía el peligro cuando se personificaba en alguien como él. De pronto, sus labios impactaron con los suyos y de ninguna forma fue un encuentro delicado. Su mano se hundió con fuerza entre sus cabellos castaños, sujetándola con una posesividad que la obligó a arquear la espalda, y la besó de forma ardiente. Tenía el sabor dulce del vino, pero en su boca resultaba más delicioso y embriagante; sus besos bien podían considerarse adictivos, porque no deseó separarse de ella ni para tomar aire. Por el contrario, se pegó más a su cuerpo, sintiendo cómo sumergía los dedos de sus delicadas manos entre los primeros botones de su camisa que ya estaban abiertos, buscando el contacto directo con su piel firme.
Probar esos labios gruesos fue un puto deleite, supo en ese instante por qué la mujer se veía tan malditamente segura en la barra del club.
Ni siquiera sabía su nombre y francamente no quiso detenerse a averiguarlo, al final, eso no sería más que un buen polvo de una noche y al día siguiente continuarían con sus vidas como había sido antes de conocerse.
Se separaron apenas unos milímetros cuando sintieron que les faltaba el aliento, pero eso solo sirvió como un impulso momentáneo para que él la tomara por la cintura con fuerza y la elevara del suelo para pegarla de forma salvaje contra el muro. El contraste del frío en su espalda hizo que ella soltara un gemido que se perdió en la boca de él, pero el calor que emanaba de ese cuerpo masculino que la presionaba fue mucho más grande y dominante.
Cual serpiente venenosa antes de soltar una mordida, enredó sus piernas alrededor de su cintura, aferrandose a él con una firmeza que lo volvió loco. Era la visión más erótica que Peter había tenido el placer de presenciar; el vestido corto le facilitó la tarea de tomar sus muslos con las manos y hundirse mucho mejor entre ellos, comprobando que, en efecto, su piel era demasiado suave.
Había estado con todo tipo de mujeres, pero en cada una siempre existía esa pequeña chispa de nerviosismo o de duda, y eso era algo que ella definitivamente no iba a mostrarle. En cambio, fue más osada y liberó el resto de los botones de su camisa sin que le temblaran las manos y acarició la piel de sus pectorales con una curiosidad que quemaba. Se sentían duros, pero no tanto como la v***a que se apretaba bajo la tela de su pantalón, aclamando ser liberada de inmediato. El celular de él sonó, pero no fue motivo suficiente para apartarse de sus labios; luego hundió su rostro en el hueco de su cuello y se perdió con ese aroma femenino que bien podría atraparlo, era delicioso y dulce.
Pero el maldito celular no dejaba de vibrar en el bolsillo de su pantalón, rompiendo el ritmo de la respiración de ambos, y cuando Peter —sin apartar la boca de la piel de su cuello— decidió tomarlo para saber quién carajos era el imbécil que interrumpía, observó aquel nombre en la pantalla que lo hizo detenerse por un segundo. «Celine».
—¿Es importante? —preguntó Valery con la voz jadeante. Peter negó con la cabeza justo antes de apagar el aparato con un movimiento brusco y lanzarlo al sofá. Sintió una punzada de ira recorrerle el cuerpo, pero aquello no mermó en absoluto el deseo por la mujer que tenía sus manos aferradas a su pecho, marcándolo con líneas rojas que estarían sobre su piel la mañana siguiente para recordarle lo bien que la habían pasado. Si ella era tan candente como había demostrado con sus besos, seguramente sería una noche que recordaría con total complacencia. durante mucho tiempo. La llevó hasta el sofá de cuero y la montó en su regazo, deleitando sus pupilas con tan hermosa vista y cuando sus manos acariciaron sus pezones erectos sobre la tela de satén, fue la puta gloria.
La copa de vino que ella aún sostenía fue colocada en el buró junto al sofá.
Valery no quiso cuestionarse qué tanto había detrás de ese hombre, y aunque algo en su interior le dijo que todavía estaba a tiempo de detenerse, de negarse a un momento placentero pero fugaz y marcharse con su dignidad intacta. Los labios de Peter que devoraban los suyos le nublaron la mente por completo, y esa maldita barba lejos de molestarle cuando raspó un poco su cuello, logró encender todavía más la llama de su propio deseo. Quizá era una pirómana, pensó mientras enterraba sus uñas en sus grandes brazos, porque quería encenderlo por completo y verlo arder entre el calor de sus piernas.