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Una escort para el heredero.

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Descripción

—Ochenta mil dólares por fingir ser mi prometida. Nada de sexo.

Acepté aliviada, sería mi último cliente y podría salvar a mi hermano.

Pero aquel CEO frío empezó a mirarme como si quisiera romper su propia regla…

Y yo empecé a desear que lo hiciera, aunque pudiera costarme el corazón.

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Pagaré lo que sea por ella.
—Necesito una mujer que se haga pasar por mi prometida. Al otro lado de la línea hubo una pausa. Damián Valcárcel dejó de mirar las luces de Los Ángeles reflejadas en el ventanal y esperó, con el teléfono contra el oído y la otra mano metida en el bolsillo. —¿Tu prometida? —Durante una semana. —Damián, hasta ahora me habías pedido acompañantes para cenas y eventos. ¿Qué hiciste? Él cerró el portátil con más fuerza de la necesaria. —Contestar una llamada de mi madre. Mariana soltó una risa breve que Damián no acompañó. Todavía tenía el cuello tenso después de hablar con su madre Eloísa y un mensaje suyo esperaba en la pantalla del teléfono. “No olvides que tu abuelo cuenta contigo toda la semana. Esta vez no puedes aparecer una noche y marcharte a la mañana siguiente.” Su madre conocía bien sus costumbres. Desde que vivía en Nueva York, Damián había convertido las visitas familiares en estancias cada vez más cortas. Algunos años no regresaba a Santa Bárbara ni para Navidad. Entre vuelos, proyectos y reuniones siempre encontraba una razón para mantener la distancia. Aquella vez había aceptado quedarse por el cumpleaños de su abuelo Rafael y las actividades de la fundación familiar. Su abuelo se lo había pedido personalmente. Eloísa aprovechó la ocasión para hablarle de Renata. Su ex. —Ella también estará en California —había dicho Eloísa—. Sería una buena oportunidad para que hablaran. —No tenemos nada que hablar. —Han pasado dos años, Damián. Como si el tiempo cambiara lo ocurrido. Renata lo había engañado mientras le hablaba de construir una vida juntos. También había utilizado información de sus negocios para favorecer sus propios intereses. Lo único que todavía ignoraba era el nombre del hombre con quien se acostaba. No necesitaba saberlo para mantenerla fuera de su vida. —No quiero que la invites, mamá. —Una conversación no va a matarte. Ella sigue preguntando por ti. Y tú no has vuelto a tener nada serio con nadie. Él apretó el teléfono antes de responder. —Estoy comprometido. El silencio de Eloísa debería haberle dado tiempo para corregirse. En cambio, lo dejó disfrutar de algo que no conseguía desde hacía meses, su madre ya no estaba hablando de Renata. Después quiso saber quién era la mujer, cuándo la había conocido y por qué había ocultado la relación. Damián respondió lo mínimo. Cuando le exigió llevarla durante la semana, aceptó sin tener siquiera un nombre que ofrecer. «Idiota». —Supongo que tu madre está ansiosa por conocer a la afortunada —comentó Mariana. —Ni te imaginas cuánto. —¿Y quieres que crean que vas a casarte con una de mis chicas? —Quiero que mi madre deje de intentar devolverme a mi ex. —Podrías decirle que no. —Se lo digo desde hace dos años. Mariana guardó silencio. Damián escuchó el sonido de una puerta cerrándose; debía de haber buscado más privacidad. —¿Qué tienes pensado hacer después de esa semana? —Regresar a Nueva York. No volveré a verlos durante meses. —Tu madre seguirá teniendo tu número. —Pero no podrá organizar otra cena con Renata si cree que hay alguien más. —Puede empezar a organizar una boda. Damián pasó el pulgar por el borde del escritorio. Ya había pensado en eso, aunque prefería resolver primero el problema que tenía fecha. —No vamos a anunciar ningún plan. Cuando pase un tiempo, diré que terminamos. —Tienes una fe admirable en las soluciones que se te ocurren estando enfadado. —Mariana. —Está bien. Dime qué necesitas específicamente. Él enderezó la espalda. —Una mujer joven, muy bonita, discreta. Que sepa desenvolverse en ese ambiente y sostener una conversación. Tiene que parecer mi prometida sin que nadie sospeche que la contraté. —Entiendo. —Mi madre va a observarlo todo. La ropa, cómo habla, cómo se comporta conmigo. Necesito que no se vea como una escort. Mariana tardó un momento en contestar. —Necesitas a alguien que se sienta cómoda allí y no esté pendiente de interpretar cada movimiento. Eso es más difícil que elegirle un vestido. —Por eso te llamo a ti. Había utilizado sus servicios durante anteriores viajes a Los Ángeles. Nunca había tenido que preocuparse por una indiscreción. Contratar en California también reducía la posibilidad de presentar a alguien que sus conocidos de Nueva York hubieran visto con otro hombre. Mariana conocía sus preferencias. Esta vez debía encontrar a una mujer capaz de convencer a Eloísa de algo que él mismo no creía. Que estaba enamorado. —¿Habrá sexo? —preguntó ella. —No habrá sexo. —¿Durante toda la semana? —Durante toda la semana. Tendrá su propio espacio. Necesito compañía y una historia convincente, nada más. Lo dijo con facilidad. Una fecha de inicio y otra de término le parecían mucho más sensatas que volver a confiar en alguien. Al finalizar la semana, ella recibiría su pago y él tomaría un avión. Mariana dejó pasar unos segundos. —Tengo una con el perfil perfecto para este trabajo. La mano de Damián dejó de moverse sobre el escritorio. —Háblame de ella. —Se llama Lía. Es preciosa y sabe arreglarse sin parecer disfrazada. Tiene una forma de hablar y de moverse que te va a servir para esto. Además, antes trabajaba organizando eventos. Puede conversar con tu familia sin pasarse la noche esperando a que tú respondas por ella. —¿Es discreta? —La conozco bien. No te la recomendaría si no confiara en ella. Damián miró el mensaje de su madre. Por fin la llamada empezaba a parecer una solución. —Quiero conocerla mañana. —Voy a hablar con ella. Pero debes saber que está a punto de retirarse. Tendría que ser una oferta que le convenga mucho para que acepte irse contigo una semana. —Pagaré lo que sea por ella. Mariana no respondió enseguida. Él esperó sin apartar la vista del teléfono. —Ochenta mil dólares por los siete días —propuso—. Eso nos permitiría plantearle una oferta seria. Después tendrás que acordar los detalles con ella. —De acuerdo. —Voy a llamarla. Si acepta conocerte, te espero mañana por la tarde. —Envíame la hora. —Lo haré, Damián. Terminó la llamada y se quedó unos segundos junto al escritorio. Tenía una semana por delante, un vuelo de regreso y suficiente trabajo en Nueva York para justificar otra ausencia prolongada. Solo necesitaba que aquella mujer pudiera sostener la mentira. El teléfono vibró otra vez. “Sigo esperando que me digas quién es. ¿O piensas mantenerla escondida hasta la boda?” Damián abrió la conversación y escribió: “La conocerás cuando lleguemos. Y no invites a Renata.” Lo envió antes de que su madre encontrara otra pregunta. Después volvió a mirar el número de Mariana. Todavía faltaba que Lía aceptara. Esperaba que ochenta mil dólares fueran suficientes.

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