Los fines de semana se había transformado en una exploración continua de las manifestaciones más puras que el amor podía ofrecer. Ingrid esperaba a Gael en aquel camino y juntos pasaban sus tardes perdidos en el campo. Juntos se sentían invencibles. Todo a su alrededor parecía desaparecer e incluso dejaba de importar. No perdían oportunidad de besarse por largos minutos, nadaban juntos en el lago despertando la imperiosa necesidad de estar cada vez más unidos. Se habían amado en el agua, en el auto de Gael e incluso sobre una manta floreada perdidos entre los pastos altos de las zonas más alejadas del campo. Aquella noche, Gael daba vueltas en su cama. Estaba cansado de tener que ocultarse, no podía entender porque no podía tener a Ingrid a su lado. Extrañaba su aroma, sus caricias,

