Aquella tarde sería inolvidable para Ingrid. Aún no terminaba de entender como Gael había convencido a su madre, pero ella finalmente se había subido a la camioneta de Don Vittorio para ir hasta el pueblo en busca de una bicicleta que ni siquiera necesitaba. Gael se había asegurado de llamar al dueño de la única bicicletería del pueblo y le había ofrecido una buena suma por armar una bicicleta especial que de seguro la retendría bastante tiempo allí. Sabiendo que se encontraban solos, la expectación no había tardado en llegar. Gael tenía la necesidad de exprimir los minutos junto a ella y a la vez la urgencia de disfrutarla sin demora. La había buscado en la cocina donde ella lo había esperado tan inocente como frágil. Le ofreció preparar algo para comer pero él no aceptó. Se acercó

