El diario, el dibujo, cualquier intento de refugio había terminado por volverse en su contra. Elara ya no buscaba alivio. Ya no lo esperaba. Solo intentaba sobrevivir al día sin convertirse en blanco directo de Damien o Isolda. Era eso: mantenerse lo suficientemente quieta, lo suficientemente útil y lo suficientemente ausente para que la dejaran existir. Y sin embargo, incluso en la mente más resignada, hay fechas que se niegan a morir del todo. Su cumpleaños se acercaba. Veinticuatro años. En otra vida, habría habido abrazos, mensajes, tal vez una torta sencilla, una cena cálida. Ahora, era solo una marca más en el calendario. Otro día que debía atravesar en silencio. No esperaba que Damien lo recordara. No tenía motivos para hacerlo. Y si lo hacía, solo sería para usarlo como una excus

