Elara ya no confiaba en su propia mente. Damien había sembrado tantas dudas, tantas negaciones sutiles, que su percepción de la realidad se había vuelto borrosa. Lo que antes era certeza ahora era confusión. ¿Había realmente dicho eso? ¿Lo había soñado? Las palabras de Damien resonaban en su cabeza: "Estás exagerando", "Nunca dije eso", "Te lo estás imaginando". Y ella, poco a poco, comenzó a creerlo. En medio de esa niebla mental, Damien introdujo un nuevo elemento: Livia Dubois. Al principio, eran menciones casuales. Pero pronto, Livia se convirtió en una presencia constante, una sombra que se interponía entre ellos. Una tarde, mientras Elara cuidaba las flores en el invernadero, Damien apareció y, acariciando una orquídea, murmuró: —A Livia le encantaban estas flores. Decía que su fr

