Los días en la mansión Serrano se habían convertido en una sucesión monótona de amaneceres silenciosos y noches cargadas de tensión. Elara deambulaba por los lujosos pasillos como un adorno más —valiosa como un jarrón antiguo, pero sin voluntad propia—, cumpliendo rituales vacíos bajo la mirada escrutadora de Isolda y la indiferencia gélida de Damien. Si la falta de cariño era tortura y el aislamiento veneno lento, arrebatarle toda autonomía financiera resultó la cadena definitiva. En su anterior vida, con los Valerio, Elara administraba sus modestos ahorros para comprarse un libro nuevo, un cuaderno de dibujo o invitar a una amiga a un café. Ahora, incluso un simple frasco de champú requería la aprobación de Isolda. Cuando su envase favorito se agotó, tuvo que enfrentar la vergüenza de p

