Los días posteriores a la gala benéfica se arrastraron pesadamente. Elara cargaba con la humillación pública como una sombra densa. Las palabras de Isolda —"sencillez", "falta de complicaciones"— no eran elogios, sino recordatorios de su condición: un adorno silencioso en la familia Serrano. Buscando un poco de alivio, terminó en la biblioteca de la casa. Era una sala imponente de dos pisos, paredes cubiertas de madera oscura, estanterías infinitas, techos altos. El lugar olía a cuero viejo y cera, un aroma que en otros tiempos le habría resultado reconfortante. Aquí, solo subrayaba su soledad. Revisando sin rumbo, se topó con un ejemplar gastado de Cumbres Borrascosas. Lo tomó con manos temblorosas, agradecida de encontrar algo familiar entre tanto tratado económico y ensayo filosófico.

