La destrucción del pajarillo de madera le dejó a Elara una herida más profunda de lo que Damien podía imaginar, incluso en su arrogante frialdad. No era solo la pérdida del objeto, sino el acto en sí: una demostración brutal de su poder para aplastar todo lo que ella valorara, por pequeño que fuera. No lo rompió por accidente, ni por enojo; lo hizo porque podía. Y ese gesto, aparentemente trivial, le arrancó a Elara otra capa de su ya debilitada coraza. La dejó expuesta. La ansiedad tomó un nuevo matiz, algo primitivo, más allá del desprecio o el insulto. Era miedo. Crudo. Físico. Ese miedo empezó a crecer en los espacios entre ellos. Damien siempre había sido imponente, con su estatura y su cuerpo atlético contrastando con la figura menuda de Elara. Pero ahora, esa diferencia se volvió i

