Los muros de su habitación se habían convertido en todo su mundo. Días y noches se confundían en una misma masa gris, hecha de silencios densos, comidas servidas sin palabras por doncellas que no se atrevían a mirarla a los ojos, y horas muertas que parecían no terminar nunca. El castigo de Isolda por su "transgresión" en el solárium era simple, pero devastador: aislamiento. Sin libros que no hubieran pasado por las manos desdeñosas de Damien, sin objetos personales —ya destruidos o confiscados—, sin siquiera la posibilidad de recorrer los pasillos menos transitados, a Elara solo le quedaba su cabeza. Y últimamente, su mente era un lugar oscuro y cruel. Una tarde, mientras la luz gris del cielo nublado se colaba por la ventana y pintaba la habitación de sombras melancólicas, Elara se sent

