Los días en la mansión Serrano se convirtieron para Elara en una cadena interminable de horas vacías. El silencio, lejos de ser alivio, se volvió una presencia aplastante. Su habitación, que alguna vez sintió como un refugio, ahora era una celda que amplificaba sus miedos, devolviéndole cada pensamiento como un eco sin fin. Una mañana gris, mientras la luz invernal apenas tocaba las cortinas, Elara estaba sentada, perdida en su habitual estado de ensoñación. La puerta había quedado entreabierta por descuido de la doncella, y por ese pequeño descuido se colaron voces desde el pasillo. —¡Pues le dije que si no me daban el sábado, renunciaba! —decía una voz joven, cargada de fingida rebeldía. —¡María, por favor! —respondió otra, entre risas—. ¿Otra vez al cine con ese novio tuyo? —¡Al men

