Después de aquel cumpleaños ignorado, algo en Elara se congeló. No era solo tristeza, ni siquiera dolor. Era una sensación más profunda, como si capa tras capa de hielo se hubiese formado sobre su alma, aislándola no solo del mundo, sino de sí misma. Los días que siguieron fueron lo de siempre: encerrada, vigilada, olvidada. Pero Elara había aprendido a leer los cambios sutiles en el ambiente de la mansión. En un lugar donde el peligro podía llegar con un suspiro o una mirada, estar alerta era lo único que podía salvarla. Esa mañana, todo estaba distinto. El aire tenía algo extraño, casi eléctrico. Los sirvientes se movían con pasos más rápidos, ojos más bajos. Un lacayo tropezó por la prisa. Hasta Isolda, siempre impecable, tenía los hombros más tensos, una chispa de molestia en la mirad

