Las noches estaban quebrando a Elara. Despertaba más rota, más deshecha que la noche anterior. Dormir no le ofrecía descanso, solo nuevas formas de angustia: laberintos interminables dentro de la mansión, los ojos de Damien siguiéndola desde la oscuridad, la sonrisa satisfecha de Isolda mirándola mientras se hundía sin aire. A veces despertaba temblando, empapada en sudor, el corazón desbocado. Abrir los ojos no era alivio. Solo era pasar de una pesadilla a otra, tejida con los hilos perfectamente afilados de Isolda Serrano. Desde que había visto el verdadero rostro de Damien, esa rabia brutal bajo su fachada pulida, algo había cambiado en ella. Se volvió más callada, más invisible. Pero su silencio no la protegía. Parecía provocar aún más a Isolda, que encontraba nuevas formas de recorda

