Después del té con Isolda, Elara se dedicó a sobrevivir como pudo. Las palabras de la matriarca, frías y precisas, seguían repitiéndose en su cabeza, como ecos que no podía acallar. Intentó seguir las "sugerencias" que ahora parecían órdenes. Sobre su escritorio, las revistas de moda —enviadas con olor a perfume caro y desdén— se apilaban como libros de texto para una clase en la que nunca pidió inscribirse. El periódico financiero de Ricardo se convirtió en un laberinto imposible: nombres, cifras, términos que no hablaban de ella ni de nada que quisiera. Y mientras tanto, Elena revoloteaba a su alrededor, ansiosa por moldearla más rápido. —¡Esa chaqueta Chanel sería perfecta para el comité de beneficencia! —decía, acariciando las páginas brillantes donde mujeres sin rostro posaban co

