El verano después de la graduación era para los demás un desfile de fiestas junto al lago, planes de universidad y promesas de libertad. Para Elara, solo era una larga sala de espera. Cada evento, cada invitación, era una prueba más para recordarle quién debía ser. La fiesta junto al lago no fue distinta. Vestida con un lino blanco que se le pegaba a la piel bajo el calor de julio, buscó refugio bajo un sauce, apartada del ruido. Desde ahí, observaba. Los mismos rostros de siempre. Las mismas risas demasiado fuertes. Todo parecía formar parte de un ballet que ya no la incluía, o quizá nunca lo había hecho. Vio a Alejandro Vélez rodeado de su grupo. Sonrisas, miradas furtivas lanzadas en su dirección. No tardó en entenderlo: no era interés real. Era una apuesta. Convertirse en quien "con

