El Arzobispo, envuelto en ornamentos dorados que parecían tan antiguos como los muros de la catedral, terminó su homilía sobre el deber conyugal y la santidad del matrimonio. Sus palabras, aunque solemnes, llegaron a Elara como un eco lejano, ahogadas por el latido frenético de su corazón y la presencia abrumadora de Damien a su lado. Un silencio expectante llenó la nave. Había llegado el momento. El prelado se volvió hacia él. —Damien Armando Serrano, ¿vienes aquí libremente y de todo corazón para unirte a Elara María Valerio en matrimonio? La voz de Damien sonó con la misma claridad con la que solía dirigir sus juntas directivas. —Sí, vengo libremente y de todo corazón. Libremente y de todo corazón. Elara repitió las palabras en su mente, buscándole algún rastro de verdad en el rost

