La última nota del vals se desvaneció en el aire, arrastrando consigo los murmullos de la fiesta. Los salones de la mansión Serrano, hace poco llenos de risas, copas y joyas, quedaban ahora vacíos. Solo quedaban los restos: pétalos aplastados, copas medio llenas, el perfume empalagoso de flores demasiado caras. Elara seguía junto a Damien en el vestíbulo, sonriendo hasta que el último invitado desapareció. Cada músculo le dolía, pero debajo del agotamiento, una chispa de alivio comenzaba a encenderse. Había terminado. La ceremonia, la recepción, las miradas. Todo había salido según el guion. Había sido la novia perfecta. Y Damien… había estado a la altura. Cortés, atento, incluso amable. Su mano en su espalda, los susurros para las cámaras, ese “mi esposa” dicho con firmeza. Sabía que er

