El sol del Caribe se filtraba por las cortinas con una claridad hiriente. No era calor, era una invasión. Un recordatorio cruel de que el mundo seguía girando, aunque el suyo hubiera quedado en pausa. Elara despertó con el cuerpo adolorido y los párpados hinchados. La noche anterior volvió de golpe: la máscara de Damien cayéndose sin aviso, sus palabras frías como cuchillas, la puerta cerrándose tras él como un juicio final. El vestido de novia seguía en el sillón, abandonado como un disfraz que ya no tenía sentido. Las orquídeas en los jarrones comenzaban a marchitarse. Ya no olían a lujo. Olían a algo que se estaba pudriendo. En el comedor, el aire era denso, como si el silencio tuviera peso. Damien leía informes financieros mientras tomaba su café. Ni una palabra. Ni una mirada. Elar

