La mansión Valerio estaba sumida en ese silencio espeso que solo existe de madrugada. El tictac del reloj del vestíbulo y el zumbido distante del refrigerador eran los únicos sonidos que quedaban. En su cuarto, Elara no podía dormir. Sentada en el alféizar de la ventana, con las piernas recogidas, miraba cómo la luna plateaba las hojas del magnolio. Seguía dándole vueltas a las palabras de Isolda, al encuentro incómodo en la boutique, a todo lo que había callado. Su habitación era ahora una mezcla incómoda: sus libros de botánica, los cuadernos de dibujo con las esquinas dobladas, compartían espacio con tomos encuadernados en piel sobre linajes y heráldica que Isolda le había impuesto “para entender su lugar”. El tocador nuevo, lujoso y ajeno, contrastaba con su escritorio viejo, lleno de

