Las semanas que siguieron a la llamada con su madre adoptiva se deshicieron como ceniza. Tras la advertencia disfrazada de cortesía que Isolda le soltó al día siguiente, Elara supo que no quedaba nadie a quien acudir. Ningún lugar donde escapar. No había más puertas por intentar abrir. Lo entendió con una lucidez cruel: estaba sola. Y cualquier intento por desviarse del guion que los Serrano le habían impuesto solo haría que el castigo fuera más fino, más silencioso, más demoledor. Ya no luchaba. Ya ni siquiera fingía hacerlo. Solo existía, a medias, como alguien que intenta pasar desapercibida dentro de su propia piel. En ese estado de resignación calculada, una mañana, Isolda la mandó llamar. El salón era luminoso, decorado con un gusto impecable y carente de toda calidez, igual que su

