Las semanas se convirtieron en un ritual silencioso. Una coreografía precisa de ausencias. La cama matrimonial tenía siempre un lado intacto, sin una arruga. Intocable. Como un terreno prohibido. En la mesa del desayuno, el asiento frente a ella era una declaración muda. Un hueco que decía más que cualquier palabra. Y en los pasillos, el eco de pasos que no se detenían nunca. Solo se alejaban. Damien no alzaba la voz. No necesitaba hacerlo. Su castigo era más eficaz: hacerla sentir que no existía. Los eventos sociales continuaban, y con ellos, la farsa. En público, él le rodeaba la cintura con una mano firme y le sonreía a las cámaras como si todo estuviera bien. Le susurraba frases medidas, de cortesía, que no contenían nada. Pero al llegar a casa, las palabras desaparecían. Solo q

