Los días comenzaron a borrarse, uno tras otro, como si el tiempo se hubiese vuelto una bruma espesa desde el ultimátum de Isolda. Elara se convirtió en una figura silenciosa, deslizándose por los pasillos que le estaban permitidos, con sus pasos resonando sobre el mármol como si caminara por un mausoleo. La biblioteca —aquel lugar donde había creído que todavía podía tender un puente— seguía ahí, cerrada. Los lomos de cuero perfectamente alineados, los títulos dorados, le recordaban que hasta los libros tenían más voz que ella. Los salones formales estaban cubiertos con fundas, como si el pasado estuviera en pausa. Retratos de antepasados la observaban desde sus marcos con expresiones vacías, como jueces silenciosos que nunca habían aprobado su presencia. Los jardines, aún más dolorosos

