La suite estaba en silencio, salvo por el golpeteo rítmico de los dedos de Damien sobre la pantalla de su tablet. Revisaba índices bursátiles mientras la luz del sol se filtraba por las cortinas. Todo en la habitación hablaba de control: el traje oscuro colgado con cuidado, el reloj perfectamente alineado con la cartera sobre la mesa, el vaso de whisky sin tocar. Isolda estaba sentada a su lado, elegante y tranquila, con ese aire que solo tienen quienes saben que el mundo les pertenece. —La pobre Elara parece un cervatillo asustado —dijo sin apartar la vista del cristal de su copa—. Acariciando ese cuenco de barro como si fuera una reliquia. Damien apenas reaccionó. —Valdez Naviera es una pieza clave. Y yo necesito cerrar heridas antes de que los inversores pierdan confianza —respondió

