La luna entraba a pedazos por las persianas, blanqueando el cuarto como si quisiera poner todo al descubierto. Eran las 3:17 de la madrugada y Elara seguía despierta, enredada en sábanas de seda que ya no se sentían lujosas, sino ásperas, frías, ajenas. En el armario, el vestido de novia colgaba como un recordatorio silencioso: caro, impecable… vacío. Los recuerdos no le dieron tregua. La noche del vino derramado. La camisa de Damien, la mancha roja, el camarero que apenas podía sostener la bandeja. Y esa voz, la suya, tan afilada que cortaba el aire: “¿Eres imbécil o solo incompetente?” La beca en Florencia, que tanto le había costado conseguir. Tres meses para estudiar restauración en una ciudad que había soñado desde niña. “¿Y eso es práctico ahora, cariño?” Todo reducido a un capric

