Tres días antes de la boda, la sala de juntas de los Serrano estaba tan cargada de tensión que apenas se podía respirar. Sobre la mesa de caoba se apilaban planos de la iglesia, listas de invitados y reportes de seguridad. Isolda lo manejaba todo con su estilo habitual: control absoluto y tono quirúrgico. Elara, sentada al fondo, solo trataba de seguir el ritmo de los detalles como quien presencia una obra en la que no pidió actuar. Damien también estaba allí, aunque más por protocolo que por interés. No despegaba la vista de su tableta, inmerso en cifras y proyecciones, hasta que un sonido rompió el aire: su teléfono personal. Miró la pantalla. Elara vio cómo su expresión se transformaba. —¿Un colapso? ¿En Santa Isabella? Voy ahora —dijo al teléfono, con una voz que ya no estaba en esa

