La Lluvia de la Traición
La lluvia golpeaba el cristal del penthouse con una violencia que Valeria sentía en sus propios huesos. En el centro de la sala, sus maletas estaban abiertas, pero apenas tenían ropa. No necesitaba nada de lo que Luciano le había comprado.
—Es por tu bien, Valeria —dijo él, sin siquiera mirarla a los ojos—. Necesito paz. Necesito a alguien que esté a mi altura en los eventos, no a una mujer que solo sabe esconderse en la cocina o con sus gatos.
Valeria acarició la cabeza de Kiara, cuya silueta siamesa resaltaba contra el suelo de mármol. La gata soltó un maullido bajo, casi como una advertencia.
—¿A tu altura, Luciano? —Valeria sonrió con una amargura que él no supo interpretar—. Te di los mejores años de mi vida. Te ayudé a construir este imperio desde las sombras.
—No te engañes —intervino una voz aguda desde la puerta. Era Sabrina la amante, vestida con un vestido de seda que Valeria había diseñado para su propia colección secreta. —Tú solo fuiste el soporte emocional. Luciano necesita una reina, no una sombra.
Luciano finalmente la miró, pero solo para extenderle un sobre con un cheque. —Tómalo. Es suficiente para que vivas en un pueblo pequeño y no tengas que trabajar nunca más. Solo... vete. No quiero que nos busques.
Valeria tomó el sobre, pero no lo guardó. Con una calma que hizo que Luciano frunciera el ceño, lo rompió en pedazos diminutos y los dejó caer como confeti sobre la alfombra cara.
Valeria toca su vientre por un segundo, pero decide que él no merece saber la verdad. "Él quería paz, pues tendrá el silencio de sus hijos", piensa ella.
—No necesito tu dinero, Luciano. Quédate con tu paz, quédate con tu amante. Pero recuerda este momento —ella se acercó a él, y por un segundo, el aire pareció volverse más pesado—. Porque cuando nos volvamos a ver, serás tú quien no pueda sostener la mirada ante mi luz.
Valeria tomó el transportador de Kiara y salió del penthouse sin derramar una sola lágrima. Luciano suspiró, creyendo que se había librado de una carga. No sabía que acababa de expulsar de su vida a la verdadera dueña de la mitad de sus acciones, la mujer que, bajo una identidad que él nunca se molestó en conocer, estaba a punto de destruirlo.
Valeria cerró la puerta de su nuevo y pequeño departamento. El espacio era una fracción de lo que era su penthouse, pero por primera vez en años, el aire no se sentía pesado. Dejó el transportador de Kiara en el suelo y la gata salió estirándose con elegancia.
Valeria se miró en el espejo del pasillo. Su mano bajó instintivamente hacia su abdomen, todavía plano.
—Solo somos nosotras, Kiari —susurró, y luego corrigió con una sonrisa triste—. No, somos cinco ahora.
Había recibido los resultados de la ecografía esa misma mañana, antes de que Luciano llegara con Sabrina. Trillizos. Tres corazones latiendo dentro de ella que Luciano acababa de firmar para que fueran borrados de su vida.
—Él cree que me dejó sin nada —dijo Valeria para sí misma, mientras empezaba a abrir su computadora portátil para acceder a las cuentas que había estado alimentando en secreto durante años—. Pero me llevo lo único valioso que alguna vez hubo en esa mansión.
El teléfono vibró. Era un mensaje de Giovanni, el rival de su exesposo. "Supe que Luciano cometió la estupidez de dejarte ir. Mañana tenemos una reunión. No aceptes limosnas de él, yo tengo una propuesta mejor".
Valeria borró el mensaje. No aceptaría propuestas de nadie. Ella construiría un trono donde sus tres hijos pudieran sentarse, y Luciano... él tendría que conformarse con verlos desde el suelo.
Seis meses después, la ciudad de Nueva York no sabía que una tormenta se gestaba en una oficina discreta de Brooklyn. Valeria se ajustó el blazer, ocultando con cuidado su vientre, que ya empezaba a notar el peso de los trillizos. Tres vidas que eran su secreto más preciado y su motor para no rendirse.
A su lado, Kiara, su gata siamesa, caminaba con paso real sobre el escritorio de roble. La gata parecía entender que el exilio no era una derrota, sino una preparación.
—Pronto, pequeña —susurró Valeria, acariciando las orejas de Kiara—. Pronto sabrán que Valeria no se rompe; solo se transforma.
El sonido de una notificación interrumpió el silencio. Era un informe de inteligencia sobre las empresas de Luciano. Desde que él la había echado para formalizar su relación con Sabrina, las cosas no iban tan bien como la prensa informaba. Sabrina era experta en gastar, pero nula en estrategia. Luciano estaba perdiendo el toque porque le faltaba el cerebro que siempre lo había guiado en las sombras: su esposa.
De pronto, la puerta se abrió. Giovanni, el rival más feroz de su exesposo, entró sin avisar. Se quedó congelado al verla. Valeria ya no era la mujer sumisa que él recordaba de las cenas de caridad.
—Valeria... —Giovanni recorrió la oficina con la mirada, deteniéndose un segundo de más en la figura de ella—. Te busqué por cielo y tierra. Luciano dice que te escapaste con un amante por vergüenza, pero veo que la realidad es otra.
Valeria se levantó, manteniendo la mesa entre ellos para proteger su secreto. —Luciano siempre ha tenido una imaginación muy conveniente para salvar su orgullo, Giovanni. ¿Qué haces aquí?
—Vine a ofrecerte el mundo —dijo él, acercándose—. Sé que tú eras el alma de su empresa. Únete a mí. Destruyamos a Luciano juntos. Te daré el puesto de socia principal.
Valeria sonrió, una expresión gélida que habría hecho temblar a Luciano. —No necesito que me des nada, Giovanni. Yo ya estoy construyendo mi propio mundo. Pero si quieres ser mi aliado en lugar de mi competencia, tendrás que aprender a tocar la puerta.
Giovanni soltó una carcajada, fascinado. No se había dado cuenta de que Valeria estaba embarazada, pero sí notó que la mujer frente a él era capaz de incendiar la ciudad si se lo proponía.
Mientras tanto, en el penthouse de lujo, Luciano observaba una foto de su boda con amargura, ignorando las quejas de Sabrina sobre un nuevo collar de diamantes. Sentía un vacío que el dinero no podía llenar, sin sospechar que a pocos kilómetros, tres hijos que llevaban su sangre estaban creciendo bajo el cuidado de la mujer que él mismo desechó como basura.