8.No es lo que creen

2135 Palabras
Eres como un macaron, firme por fuera, pero al probarte eres completamente dulce. Entre los tres, esa pregunta flotaba en el aire como un manto. Intenté mantener mi sonrisa más serena, pero solo salía la tensión de mi cuerpo. Maximiliano tomó mi mano, como si percibiera que estaba a punto de desfallecer… el problema era que él era quien lo estaba provocando. —No creo que Maximiliano pueda venir —mostré una mueca que simulaba una sonrisa—. Ya sabes, es un hombre muy ocupado y tuvo que mover muchas cosas solo para llegar aquí. —Para nada, ratoncita —respondió con calma, mirando la sala y luego fijando en mí una intensidad penetrante—. Para mi mujer estoy disponible siempre, así que no te preocupes por mí. Estaré donde quieras que esté. Sonia llevó una de sus manos a los labios, dejando escapar una ligera y coqueta sonrisa ante el sonido. —Vamos, será divertido, Tiana. Siempre estás estudiando y, aunque tu padre piense heredar una de sus pastelerías, deberías relajarte un poco, ¿no te parece? —picó con sus palabras—. Eres joven, debes experimentar todo lo que puedas. Miré de reojo a Maximiliano, que solo asintió. Por otro lado, Mike volvió a observarnos con esa expresión de querer acabar con todo y todos. Sus ojos ardían como dos ráfagas en llamas. Una mezcla de incomodidad e incredulidad. Se suponía que todo esto del novio falso era para que le doliera en cada fibra de su cuerpo; sí, ese era el plan. Miré a Sonia, que aún esperaba la respuesta, y sin pensarlo dos veces respondí finalmente: —Entonces, sí iremos —forcé a mi voz a sonar segura—. Solo dime dónde será e iremos. En ese preciso momento, mis palabras parecieron abrir una caja de Pandora. El ambiente se volvió pesado, deseoso, posesivo. Pensé que era solo mi imaginación, pero al ver a Max, su rostro inescrutable mostraba una chispa de ansia secreta en sus ojos. —Perfecto, entonces prepárense para mañana. Entre conversaciones, nos subimos al auto de Max rumbo al hotel Hughes. Sonia intentó disimular la sorpresa por el auto, aunque fue imposible. Terminó enviándole fotos a su prometido, quien, por ser tan obsesivo con los autos, ella terminó aprendiendo. Al parecer, lo que para mí era un simple coche, era un Rolls-Royce de diseño único que, según Max, tenía el “módico precio de unos cuantos millones de dólares”. Tragué en seco, pues a pesar de que mis padres tenían mucho dinero, a veces me hacía sentir que estábamos en pañales junto a la familia de Max. Finalmente llegamos al hotel, donde un hombre alto de cabello azabache nos recibió. Su acento ruso era marcado, pero hablaba con fluidez. Nos mostró la sala, y pude ver los ojos iluminados de Sonia. Su sonrisa brillaba lo suficiente para resplandecer todos los rincones. Ella me había susurrado que le encantaba todo, pero que le habrían fascinado unos candelabros que vio en una foto… No sé cómo Maximiliano nos escuchó y, tras hablar con su amigo, coincidieron en cambiar lo que ella quería. Ambos fueron tan amables que quedó encantada, y en su mirada se podía ver ese aire maternal de “¡Tienes que quedarte con este hombre!”. Por otro lado, Mike solo nos observaba en cada movimiento, cada palabra, incluso los suspiros que soltábamos buscando cualquier excusa. En ese momento debía ser la novia perfecta para que esta actuación valiera la pena. Tomé su mano, y él entrelazó sus dedos con los míos como respuesta. A pesar de que hablaban para hacer todo perfecto para Sonia, en su toque, en su mirada, en cómo me guiaba, me hacía sentir la única mujer en su vida. ¿Lo peor? Me gustaba mucho. No quería comparar, pero era imposible. Con Mike me sentía escuchada, sí, pero nunca lo único en su vida. Era la sensación de adorar solo lo que representábamos, no lo que éramos. Una pareja que todos envidiaban, familias prominentes, nos veíamos bien… pero solo eso. Pero con Maximiliano… era distinto. A pesar de que siempre fuimos buenos amigos, él siempre me trató como lo más importante de su vida. Durante una parte de mi infancia llegué a imaginar que nos casaríamos… pero al escuchar que solo quería cuidarme porque me veía como a una hermana, lo entendí. Solo eso seríamos: hermanos, nada más. A pesar de ese dolor en mi infancia, él siempre se comportaba como algo más para mí. Era esa sensación que un hombre te da cuando te… ¿ama? Sí, eso. —Ratoncita, ¿quieres comer algo? Su voz preocupada me sacó de mis pensamientos, donde todos me observaban detenidamente. —Estuviste algo perdida en tus pensamientos y me preocupé, ratoncita —con su pulgar acariciaba la palma de mi mano—. Así que imaginé que tenías hambre porque saliste de la universidad aquí. —Me gustaría, pero si aún están planeando, puedo esperar —susurré. —No te preocupes por mí —Sonia levantó la mano—. Ya tengo confirmado el lugar, así que podemos irnos. Tras esto, nos dirigimos a comer, donde Max aparentaba estar relajado, aunque sus ojos estaban alertas. Era esa mirada de lobo que, a pesar de estar recostado, estaba listo para atacar a quien fuera. Tras la comida, Mike se fue con la excusa de que debía estudiar. Sonia, por otro lado, fue recogida por Jonathan, pues tendrían una cena con su familia. Al final, mientras Max me llevaba a la casa de Chloe, recibió una llamada; solo me comentó que era un asunto urgente y que lo resolvería esa noche para estar disponible mañana. Llegamos a la casa, donde Maximiliano me observó con detenimiento. Hubo una chispa que no pude describir, y él solo me miró con una sutil sonrisa de medialuna. —Max, gracias por todo. —Es un placer, Tiana —sus ojos se posaron en mis labios por un momento y luego en mis ojos—. Espero que el beso no haya sido demasiado para ti. Recordarlo solo me provocó un ardor en la boca, mis piernas y en la mejilla. Aquel beso que pidió mi total sumisión era algo que quería volver a experimentar, pero no me sentía cómoda… pidiéndole a mi novio falso repetirlo. Escuché una ronca risa que vibró en todo mi cuerpo. —Aunque puedo practicar contigo si así lo deseas —su voz se tornó ronca—. ¿Quieres? Intentaba negar, decir que no, pero mi cuerpo, atrapado en un trance, solo asentía otra vez. Mis ojos fijos en los suyos, mientras él dejaba escapar una encantadora sonrisa. Se retiró el cinturón de seguridad, invadiendo mi espacio. En ese auto, el calor ardía entre nosotros; el aire se volvió irrespirable, pero fascinante. —¿Quieres probar un beso pasional de nuevo? —susurró con tono pecaminoso. Aunque sabía que eso era lo que mi cuerpo deseaba, quería saber qué más podía ofrecerme. Con un hilo de voz apenas perceptible murmuré: —Quiero ver cómo das un beso suave. Su risa fue ronca, llena de un anhelo secreto. Ladeó levemente la cabeza, dejando ver al final una sonrisa ladeada. —No soy un hombre suave, Tiana —musitó con tono firme y ronco—. Soy un hombre que posee de manera brusca, donde puedes perder el control —con su pulgar acarició mis labios—, pero, por complacerte, seré suave si me lo pides. Su mano hizo que la mía se acercara a él con una calma que pasó a ser calculada. El aroma de su perfume amaderado se filtraba en mi nariz, intensificándose al mezclarse con su olor natural. Su otra mano se posicionó en mi cuello, acariciándolo de manera firme pero amorosa. Nuestros labios se rozaban mientras el aire entre ellos se hacía denso. Ese leve gesto hizo que mis labios temblaran. No lo hacía para convencer ni engañar a nadie. No era una actuación, era solo una extensión de mis deseos, donde sin quererlo estaba utilizando a Maximiliano. La tensión en el auto se concentraba en puntos insoportables, y entonces sucedió. Con suavidad, acarició sus labios con los míos y, tras unos segundos, con su lengua abrió el camino. Profundizó lentamente, reclamando con cada movimiento que mi lengua, mi cuerpo y mi ser eran suyos. Nuestras respiraciones terminaron al mismo ritmo y, sin siquiera entenderlo, comencé a rendirme a su lenta posesión. Era un beso falso… Pero… ¿Lo era? En ese beso solo había pasión mezclada con propiedad. Nuestro primer beso me mostró que podía dominarme y doblegarme si quisiera; en este me llevó a un mar suave que me consumía. Era la sensación de preparar tu cuerpo para sucumbir lentamente en una tortura placentera. Detuvo con lentitud el beso, dirigiendo su nariz a mi cuello, olfateando suavemente y acariciándome con la nariz. —Ash… Inconscientemente dejé escapar un leve jadeo que él respondió con un gruñido. Su lengua lamió la piel delicada de mi cuello, marcando, poseyendo, atrapando, y tras esto… me perdí. Con su mano sujetó mi cuello, moviéndolo para que le diera acceso, el cual concedí. Con su dedo acarició mi barbilla, subiendo a mis labios. Sus dientes rozaron mi piel, provocando que mi respiración se cortara. Mis piernas se humedecieron. Esto era falso, y aun así… me gustaba. Como al vampiro que le das permiso de entrar a tu hogar, él mordió suavemente mi cuello. No era un mordisco para causarme dolor, sino un roce de sus intenciones. El aire caliente de su nariz rozaba mi piel, recordándome que estaba ahí. Sus dientes presionaron contra mi piel buscando dejar su huella, y no pude evitar gemir. Él apretaba, y mi cuerpo disfrutaba, donde levanté la cabeza para que hiciera lo que quisiera. Detuvo su mordida, lamiendo el lugar donde me había marcado, y tras mirarme con una expresión de lucha interna dijo: —Te he dejado un chupón —habló de manera rasposa, cargada de hambre que brillaba en sus ojos por saciar—. Mañana, cuando vayamos, será prueba de que tenemos algo. Apenas recordaba que todo esto solo era para que lo creyera. Cerrando mis piernas para calmar el fuego, reía algo nerviosa. —Sí… —jadeé levemente, sintiendo toda mi piel erizada—. Tienes razón —respiraba entrecortada—. Te… te veo mañana —apenas pude decir, saliendo de su auto casi corriendo. Intenté caminar, aunque tropecé varias veces. El rastro de deseo, la prueba del calor húmedo en mis piernas, era lo que me había provocado con un solo beso. Respiraba agitada al entrar a la casa, con las piernas aún temblando. Intentaba convencerme de que todo esto solo era una actuación, pero mi cuerpo decía lo contrario. Respirando con dificultad, miré de un lado a otro, notando a Chloe y Marisol comiendo palomitas en una posición que perfectamente pudo ver todo. Mi rostro de horror solo se confirmó con júbilo de ellas. —Eso es lo que llamo un beso —Chloe tomaba una palomita mientras comía—. Sin tener que besarlo, sé que lo hace bien, qué envidia —rió de manera burlesca. —No es lo que creen —jadeé apenas—. Estábamos practicando el beso para mañana; iremos todos los padrinos a una cabaña de la familia de Jonathan, el prometido de Sonia. —¿En serio? ¿Con el infiel? —Marisol comenzó a reírse—. Qué envidia no poder estar. Con solo imaginarlo, calentándose en los celos, debe ser una buena venganza. Incluso sería mejor que romperle los vidrios de su auto. Chloe observó mi cuello unos segundos, posándose en mis labios y en mis ojos, dejando escapar una leve sonrisa. —Titi, ¿te gusta Max? —preguntó, tomando un puñado de palomitas mientras comía. —No —respondí por inercia, pero al pensarlo con detenimiento—. Solo… somos amigos y me ayuda a fingir, es todo. Ambas se miraron de esa manera que solo las mujeres saben interpretar. Marisol me observó unos segundos y solo dijo: —La manera en que los vi despedirse en el auto parece que no son solo amigos; tienen una chispa que quema. Negué con la cabeza, intentando apartar esa idea. —No se hagan películas que no son. Max y yo solo somos novios falsos, ¿entienden? Nada más. Ahora, si me disculpan, iré a ducharme. Mientras subía las escaleras, esas palabras se tatuaron en mí. No sabía si, en ese punto, se las decía a ellas… o a mí misma. Maximiliano no podía ser algo más, éramos amigos y nada más… entonces… ¿Por qué deseaba que esto escalara un poco más? ¿Y si mañana, en la cabaña, ya no podía fingir?
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