Luego de despedir al señor Romanov, decido que necesito un trago, pero antes hago un chequeo general de mis niños, Max se ve más tranquila.
Luego llamo de nuevo a Viktor, quien responde de inmediato.
— Te necesito — dice pareciendo desesperado — ¿cómo mierda lo hiciste con los quintillizos? Apenas y puedo con dos.
— ¿Es enserio? — pregunto, la imagen de Viktor siendo acosado por sus nenitas de cinco años y su bebé de dos.
— Están como locos — lloriquea.
— Pasaré por Anya, y la llevaré para que juegue con Alya — ofrezco.
— Alexandra, Lyz odia el diminutivo — se queja.
— ¿Y no se queja del segundo nombre? — me burlo en cambio — Alexandra Viktorovich Black Zdorgogzarkovitchdorv va excelente en las tarjetas de cumpleaños.
— Hey, es tradición — bufa — limítate a venir, Lyz regresa en seis horas, y no creo soportar mucho más.
Poniendo los ojos en blanco busco las llaves de mi coche, titubeando al ver las llaves de Frank, se lo había regalado para nuestro último aniversario, y lo había dejado en el aeropuerto el día del accidente, lo había hecho traer a casa, pero jamás había salido del garaje.
Con manos temblorosas, tomó sus llaves y me dirijo hacia la entrada interna del garaje, en la planta baja.
Al llegar y ver la colección de coches, la nostalgia me invade, Frank y yo habíamos desarrollado un gusto por autos veloces (gracias a Harold) pero cuando veo la mini van, esa que usé la primera vez que había visto a Marcus, Max y el pequeño Matt, y la misma que Frank usaba para llevar a los quintillizos al parque.
¡Incluso hay maldito autobús!
Aún recuerdo el día que lo trajo, quería que todos estuviéramos juntos, él era el chofer, yo la copiloto, Matt el DJ, Max se había autonombrado la directora de programa, Marcus y Harold se burlaban de ella con chistes y cosquillas, y los quintillizos, con solo seis años, estaban encantados con los juegos de sus hermanos, y los suyos propios.
El sonido de mi teléfono me hace saltar por la sorpresa, rápidamente limpio las lágrimas que habían escapado, es un mensaje de Viktor, que me hace reír.
Era una fotografía de su hijo menor, Francis, al parecer Alexandra lo había tomado como su muñeco de pruebas, el niño miraba a la cámara luciendo seriamente cabreado, con una camisa mal abotonada, y pintura en el rostro, y una enorme A en la frente, junto a él, Alexandra luce contenta, ella misma está "maquillada" y con las perlas de su madre, debajo Viktor escribió.
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Sacudiendo la cabeza, me dirijo al coche de Frank, por suerte, mi pequeña Anya podía mantenerse alejada de las cosas de mamá, mi niña prefería cabrear a sus hermanos.
Al entrar al coche, me siento mareada, el asiento estaba tan atrás como era posible, por lo que prácticamente caigo cuando me siento, el olor de Frank es tan intenso como no lo había sentido en casi cuatro años, así que me vuelvo un mar de lágrimas, a mi izquierda encuentro una chaqueta olvidada o descartada, que tomo de inmediato, solo para poder apretarla contra mí,
su aroma estaba impregnado en la tela, casi podía sentirlo conmigo.
— Te extraño, Grandote — sollozo en voz alta, sintiéndome al borde del colapso — cada maldito día — lloro — tu risa, tus chistes de doble sentido, tu maldita sonrisa de suficiencia — por primera vez desde que Frank se fue, Me atrevo a decirlo en voz alta:— yo no puedo con esto Frank, ni siquiera puedo respirar cuando veo a Viktor o Marcus, se parecen tanto a ti que quiero encogerme y desaparecer.
Aprieto el saco contra mí y aspiro su aroma.
— ¿Cómo se supone que los crie sin ti? — pregunto, hiperventilando — y Anya...si solo pudieras verla, es idéntica a tu madre, y adora los nachos, tu querías otra niña... Y no quise dártela hasta que fue demasiado tarde...
>> Extraño incluso tus ronquidos, porque me traías el desayuno a la cama si no me dejabas dormir, extraño la forma en que decías mi nombre, como jugabas con los niños, extraño tus caricias Grandullón, el roce de tu barba contra mi cuello, la forma en que me atrapabas antes de poder salir de la cama para obtener tu beso de buenos días, aunque yo me negara...
Me quedo en silencio luego de un rato, con una leve sonrisa en mis labios, definitivamente había sido liberador, así que decido que usaré el coche de Frank de ahora en adelante. Doy un beso a su chaqueta y lo enciendo, tenía que recoger a mi pequeña.
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Al llegar a Black Tower, me encuentro con Dmitri Black y su marido, el cuñado de Viktor era la viva imagen de su padre, cabello rubio dorado y ojos azules de distintos tonos, sonrisa seductora y un hoyuelo que lo hacía encantador, su esposo Juan era un latino de cabello rizado que había visto un par de veces.
Sus mellizos eran una preciosidad, una niña de cabello rubio rizado y ojos oscuros que lucía un precioso vestido floreado, tenía un globo azul que Anya decidió necesitaba.
— Anya, luego te compro los globos que quiera s— la riño.
— Es una niña preciosa — dice Juan, inclinándose para saludarla.
— No papi, yo soy preciosa — se queja la niña, su hermano, rubio también, pide a Dmitri que lo cargue.
— Ambas lo son — se defiende Juan.
— Nath, querida ¿has estado llorando? — cuestiona Dmitri con curiosidad, su marido le da un zape y murmura algo en español — ¡Estoy siendo agradable!
Sonrío, esos dos eran bastante divertidos.
— No es nada — le aseguro, llevando mi mano distraídamente hacia el anillo en mi cuello, ellos lo notan y me dan una sonrisa comprensiva.
— Lo lamentamos enserio — ofrece Dmitri — debe ser difícil.
— Lo es — murmuro, Juan se disculpa y tira de su familia lejos, riñendo a su marido, lo que me hace reír, es lo que yo habría hecho con Frank.
— Mami, gobo — se queja Anya, y yo la cargo, caminando hacia el ascensor
— Luego — sentencio haciéndole cosquillas — ¿quieres ir a jugar con Alya y Fran...cis? — pregunto, mi hija asiente emocionada.
— Siiiii — chilla, riendo todo el camino hasta el Pent House.