Perdida en él.

1561 Palabras
Subí a la habitación rápidamente, sin mirar atrás. Sentía la garganta cerrada y el corazón latiendo como si quisiera escapar de mi pecho. Apenas cerré la puerta, me dejé caer frente al espejo y comencé a cepillarme el cabello con fuerza, como si eso pudiera calmar el caos en mi interior. Abajo, él seguía hablando con su padre. No sabía de qué, pero no me costaba imaginarlo. Sangre, órdenes, enemigos. Aun así, lo que más me perturbaba no era lo que hacían… sino lo natural que parecía todo. Su familia no solo lo toleraba: lo celebraba. Ser un asesino era parte de su herencia. Claro… son mafiosos, me recordé a mí misma. ¿Qué otra cosa podía esperar? La puerta se abrió y regresó. Cerró con un golpe suave y me miró como si el mundo entero no existiera más allá de mí. Se quitó la camisa sin decir una palabra, dejando al descubierto su torso cubierto de pequeñas cicatrices… y el tatuaje que llevaba en el pecho, ese que parecía un pacto con el demonio que vivía en él. Se acercó por detrás, su cuerpo caliente pegado al mío. Sus manos envolvieron mi cintura, y su boca se posó en mi cuello, mordiendo la piel ya marcada. Gruñó satisfecho al ver los moretones que me había dejado la noche anterior. —Mira eso... —susurró—. Hermosas. Yo cerré los ojos, respirando hondo, sintiendo cómo su deseo se volvía cada vez más denso. Sus dedos bajaron hasta el vestido que llevaba puesto —una de esas cosas anticuadas que su abuela me había obligado a usar—, y se rió por lo bajo, burlón. —¿Qué mierda es esto? —dijo mientras tiraba de la tela—. ¿Pretenden convertirte en una virgen de museo? Con un solo movimiento empezó a desgarrarlo, arrancando las costuras sin piedad. Yo solté un pequeño jadeo, más por sorpresa que por miedo. —Mucho mejor así —murmuró, pegando su boca a mi oído—. Mía. Toda mía. Y en ese momento, lo supe: El Diablo no solo quería marcarme el cuerpo. Quería tatuarme el alma. Me giré hacia él, con el corazón latiendo fuerte. Sus ojos brillaban con esa mezcla de deseo y peligro que me resultaba tan adictiva como aterradora. Sin apartar la mirada, terminó de desgarrar el vestido, dejando que la tela cayera al suelo como un trozo de papel sin valor. Me quedé en ropa interior, expuesta, vulnerable… y sin embargo, no di un paso atrás. Él me recorrió con los ojos, lento, hambriento. Luego alzó la mano y con dos dedos me levantó la barbilla, obligándome a mirarlo. —¿Me tienes miedo, ángel? —preguntó en voz baja, casi con ternura… pero su tono era el de un cazador que juega con su presa—. ¿Crees que te mataré? Tragué saliva. —Es lo que piensa tu hermano —le dije con sinceridad—. Pero necesito que me lo digas tú. ¿Me matarás? Él me observó por unos segundos eternos. Luego rió, una carcajada oscura que no terminaba de tranquilizarme. —Solo si me traicionas —respondió al fin, y su sonrisa se ensanchó como la de un demonio satisfecho—. Mientras seas mía… estás a salvo. Apoyó su frente en la mía, su respiración cálida rozando mis labios. —Pero si algún día intentas huir, mentirme… o peor, amar a otro... —murmuró, con la voz baja como una amenaza envuelta en terciopelo—. Entonces sí, Alai. No solo te mataría. Haría que te olvidaras de cómo se respira antes de hacerlo. —Amo a D’Angelo —dije, mirándolo directo a los ojos—. Solo a él. Él rio fuerte, una carcajada profunda que retumbó en la habitación y me hizo estremecer. —¿Ah, sí? —susurró, divertido—. Te gusta ese débil y romántico, ¿pero te encanta cómo te follo y te marco, verdad? Sus dedos se deslizaron por mi piel, dejando un rastro de fuego. Me apretó contra él, su aliento rozando mi cuello. —Porque yo soy el que te arrastra al límite, la oscuridad que no puedes resistir. El que te hace gritar y temblar. El único que puede reclamarte. Él me cargó en brazos como si fuera una muñeca frágil, sintiendo cada latido de mi cuerpo contra el suyo. No pude evitar estremecerme al ser alzada con tanta fuerza y dominio. Sin decir palabra, me lanzó sobre la cama, dejándome caer con suavidad pero sin perder el control. Con un movimiento ágil, se terminó de desnudar, dejando que la luz tenue de la habitación acariciara su piel oscura y musculosa. Se lanzó sobre mí, besándome con una intensidad que me hizo olvidar todo lo demás. Sus labios presionaban los míos con hambre, su lengua buscando la mía mientras sus manos desataban mi cabello con delicadeza. Sentí su lengua deslizarse por mi cuello, trazando un camino de fuego que me hizo jadear. Cada caricia era una mezcla de deseo y promesa, un preludio que incendiaba mi piel y mi alma. El Diablo estaba despierto, y yo me perdía en su tormenta. La ropa terminó de desaparecer, esparciéndose por el suelo como testigos silenciosos de lo que estaba por venir. Él me embistió con fuerza, sin avisar, tomando mis caderas con firmeza y hundiéndose en mí de golpe. Sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones, un gemido atrapado en mi garganta. Su cuerpo contra el mío era fuego y tormenta, una mezcla de dolor y placer que me consumía por completo. Cada movimiento suyo era una declaración, un recordatorio brutal de que yo era suya, que no había escape. Me aferré a su espalda, dejando que su ritmo dictara el mío, mientras nuestras respiraciones se entrelazaban y el mundo desaparecía alrededor. En ese instante, no existía nada más que él, su dominio y la pasión salvaje que nos consumía. Me tomó de la cintura con firmeza y, con un movimiento lento, me colocó sobre él. Sentí sus manos recorrer mi espalda desnuda con una mezcla de ternura y posesión. Su mirada era intensa, fija en la mía, como si nada más existiera en el mundo. —Muévete para mí, ángel —susurró con esa voz grave que me erizaba la piel—. Quiero verte. Quiero sentirte a mi manera. Mis mejillas ardieron, pero no aparté la vista. Lo hice, temblando al principio, insegura bajo esa mirada que me devoraba. Él me sostuvo con fuerza, guiándome, acariciando mi piel con devoción, como si fuera algo sagrado… suyo. —Eres mía —murmuró mientras sus dedos dibujaban líneas invisibles sobre mi espalda—. Mi ángel… y mi infierno. Me moví sobre él, más rápido, dejándome guiar por su cuerpo, por el fuego que él encendía en el mío. Sus manos subieron por mi espalda, firmes, seguras, hasta acariciar mis pechos con una mezcla de deseo y reverencia. Me hizo sentir adorada… y al mismo tiempo completamente suya. Sus dedos trazaron círculos lentos, provocando escalofríos que me sacudieron desde adentro. Mi respiración se aceleró, mis movimientos se volvieron más intensos, buscando complacerlo, buscando aferrarme a esa conexión que, aunque peligrosa, era adictiva. Él alzó la cabeza y atrapó mis labios en un beso profundo, casi desesperado. Sus manos no dejaban de explorarme, de hacerme sentir deseada, marcada por su presencia. —Así, mi ángel… —susurró contra mi boca—. Solo tú me haces sentir vivo. Y en ese instante, me di cuenta de que lo que había entre nosotros no era solo deseo. Era algo más oscuro, más profundo… y también, más real. Cuando todo terminó, mi cuerpo temblaba, agotado, pero aún caliente por su cercanía. Me incliné suavemente hacia él, buscando su pecho, su calor… quise abrazarlo. Sentir que algo de lo que había entre nosotros no era solo fuego. Pero él se apartó apenas, lo justo para que lo notara. Se rió por lo bajo, con esa sonrisa cruel que dolía más que cualquier palabra. —No —dijo, sin rodeos—. Conmigo no, ángel. Lo miré, confundida, herida. —¿Por qué? Él se incorporó, pasó una mano por su cabello húmedo y me miró como si no entendiera por qué me costaba aceptar su verdad. —No soy como D’Angelo —dijo con frialdad, como si escupiera ese nombre—. Yo no quiero abrazos, ni besos tiernos, ni tu lástima disfrazada de amor. Me mordí el labio, conteniéndome. —No es lástima… —¿Entonces qué es? —me interrumpió—. ¿Cariño? ¿Esperanza? No me interesa. Yo no vine al mundo para eso. Lo único que quiero de ti es pasión… deseo… rendición. Sus palabras cayeron como piedra sobre mi pecho. Lo miré en silencio, sintiendo cómo mi alma se encogía. —¿Y si yo quiero más? —pregunté en un susurro. Sus ojos se oscurecieron, pero no respondió enseguida. Solo me miró con esa intensidad que quemaba y dolía. —Entonces estás amando a la parte equivocada de mí. Se levantó de la cama, desnudo, imponente, y caminó hacia el baño sin mirar atrás. Me quedé ahí, sola entre las sábanas arrugadas, sintiéndome pequeña… y rota. Y por primera vez, me pregunté si amar a D’Angelo también significaba amar al Diablo… o perderme en él.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR