Celos Gabriel estaba revisando una pila de documentos en el estudio del marqués, sumido en los intrincados detalles de los libros mayores y la gestión de la administración que le habían encomendado. Aunque al principio había aceptado a regañadientes, el trabajo le resultaba estimulante, un recordatorio de sus clases y del rigor que su familia alguna vez le había inculcado. Cada cifra y cláusula despertaba una nostalgia amarga y, al mismo tiempo, un agradecimiento que apenas se atrevía a admitir. Sabía que no podía permitirse ni un error, especialmente si Nathan Saint Claire lo estaba observando, esperando que demostrara su valía en aquel complejo entramado. Fue entonces cuando, al levantar la vista hacia la ventana, observó el ingreso de un elegante carruaje. Las cortinas de terciopelo

