La sensación de posesividad lo recorrió nuevamente, una sensación que estaba comenzando a consumirlo con cada segundo que pasaba. Lo vio hablarle a Elizabeth, sonreírle como si el mundo fuera suyo y Gabriel, sin poder evitarlo, sintió una punzada de celos que le hizo apretar las manos contra la madera de la ventana. La joven, aparentemente tranquila, respondió a las palabras de Beaumont, pero al final, entró a la mansión sin mirar atrás. El carruaje dio la vuelta, alejándose lentamente mientras Gabriel observaba cómo el polvo se levantaba en su estela. Un deseo voraz se apoderó de él. No pensaba más. No podía. Con la respiración agitada, Gabriel salió de la habitación. La ansiedad lo empujaba hacia la acción. Se dirigió al pasillo, su mente tan turbia como su cuerpo, que ya no soportaba

