Eres Mía La habitación estaba envuelta en la suavidad de la penumbra, las cortinas de terciopelo caían con elegancia, meciéndose ligeramente por la brisa que se colaba entre las rendijas de la ventana aumentando la intensidad del momento. Gabriel permaneció de pie frente a ella, la mirada fija en Elizabeth, sus ojos profundos y oscuros, llenos de una mezcla de deseo y desconcierto. No sabía si su necesidad de tenerla allí, entre sus brazos, era una cuestión de instinto o algo más profundo, algo que había comenzado a formarse en los rincones de su alma a medida que pasaban los días. Había algo en ella que no podía dejar de buscar, como si cada gesto, cada palabra, lo atrajeran más cerca de un precipicio al que no deseaba llegar, pero al mismo tiempo, temía dar la vuelta. Elizabeth estab

