Savannah es la primera en despertar; a su lado se encuentra su esposo, aún rendido. Está muy agotado y no es para menos. Sean se despertó en la madrugada y quiso más de su esposa; ella no se negó. Aun con ardor en su intimidad, le dio paso al joven para que irrumpiera en su interior una vez más. Es que el placer que recibió su cuerpo comenzó el dolor que percibió. Por primera vez se sintió amada.
Con cuidado se levanta de la cama sin antes darle un beso. Entra al baño esperando que el agua fría la relaje. Ella masajea con suavidad su cuerpo cuando de repente siente que besan su cuello. Su querido Sean la voltea para besar sus labios y hacerla olvidar nuevamente que, allá fuera, existen personas que no precisamente los quieren ver juntos.
—Te amo, Savannah.
—Te amo, Sean.
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Dos horas más tarde…
Sean llega a su casa luego de dejar a Savannah en su residencia. Si fuera por él, se quedaría a vivir libremente con ella en el hotel; sin embargo, la juiciosa chica le sugirió ir con calma. Al entrar, lo espera Lucinda con los brazos cruzados y con el rostro enrojecido por la escapada de su hijo. Al lado de su madre se encuentra su padre, quien lleva tres años divorciado de la mujer.
Después de la muerte de su hijo mayor, simplemente la convivencia con Lucinda se tornó insoportable. Ahora el hombre está nuevamente casado y esperando su tercer hijo. Aunque eso no lo exime de la responsabilidad que tiene con el chico de dieciocho años que, sin decir palabra alguna, se sienta frente a ellos y solo espera los reproches.
—Tu madre estaba muy preocupada por ti, saliste de la casa muy tarde en la noche y hasta ahora regresas, ¿dónde estabas? —pregunta Robert.
Sean solo niega con la cabeza por la actitud de su padre. Aun separados, él se deja manipular por ella —piensa el chico.
Lucinda se enoja aún más al ver que su hijo no responde, dice…
—¿No escuchaste lo que te preguntó tu padre? No puedes perderte de esta forma, estás a punto de alcanzar tus sueños, ¿acaso lo piensas desperdiciar por andar con esa chiquilla cualquiera? —Sean agranda los ojos—. No me mires así, seguro es igual que la madre, o no sabes a qué se dedicaba…
La mujer no termina su argumento, ya que su hijo se lo impide.
—No te voy a permitir que hables de esa forma de Savannah; lo que haya sido su madre no tiene nada que ver con ella —expresa, mientras la ve con una mirada confrontativa.
—Los dos, cálmense —interviene Robert. —Y tú ten cuidado cómo le hablas a tu madre —advierte en tono autoritario. —Estábamos preocupados por ti, solo queremos saber dónde…
—Para tranquilidad de los dos, no me estaba drogando como su hijo predilecto y, para desgracia tuya, madre, estaba casándome con la chica que amo, ¿felices? —dice sin rodeos.
Se levanta del mueble y camina hacia su cuarto, dejando sin palabras a sus padres.
Keyler era su hermano mayor, llegó a firmar con la NFL; sin embargo, no duró mucho. Empezó a relacionarse con personas de dudosa procedencia y en eso estuvo involucrada una chica de tez morena que no era la mejor compañía. El joven creyó haber elegido bien y resultó que ambos perdieron la vida saliendo de una fiesta en Los Ángeles donde estuvieron involucradas las drogas y mucho alcohol.
Hasta ahí llegó el sueño de una estrella en ascenso. El miedo de Lucinda es que vuelva a pasar el mismo episodio. Su temor tiene razón de ser; no obstante, la obsesión que ha desarrollado hace que las personas allegadas terminen alejándola.
—Supongo que no puedo reprocharle por lo que hizo; yo me casé contigo a su edad. Ya está hecho, solo hay que apoyarlo —comenta Robert conresignación. Este se levanta de su asiento y, antes de salir de la casa que compartió con Lucianda, le dice: —Te doy un consejo, no lo presiones tanto, o cuando menos lo pienses, terminarás perdiendo a otro hijo.
Una vez que termina, sale de la casa. Él sabe que ella no le hará caso. Y está en lo correcto: la mujer no piensa quedarse de brazos cruzados mientras otra mujer le arrebata a un hijo.
En unos meses empezarán los entrenamientos y Sean debe estar concentrado, al mismo tiempo que debe elegir una universidad. Por lo que una “esposa” no encaja en sus planes.
La mujer toma su bolso y se dirige hacia la cafetería donde sabe que trabaja la chica. Está dispuesta a hacer lo que le corresponde para alejarla lo más que pueda de su hijo.
Unos minutos conduciendo y llega al establecimiento; para su suerte, no hay tantos clientes, así que puede tomarse la libertad de interrumpir a Savannah mientras esta coloca un mantel en la mesa.
—Escucha bien lo que te diré, muchachita, aléjate de mi familia, sobre todo de mi hijo. Sean, tiene un futuro por delante y tú no estás incluida —dice con voz autoritaria.
La jovencita da un respingo al escuchar la fuerte voz de la mujer; no esperaba verla allí.
—Señora Perry, yo…
Ella intenta hablar, pero la repentina aparición de su suegra la tiene en un estado de estupor.
—Cuando mi hijo vuelva a buscarte, dile que no quieres estar más con él; de lo contrario me encargaré de que Sean no pueda realizar su meta. Me comunicaré con todas las universidades para que no lo contraten —le revela su intención.
Savannah ríe sin gracia saliendo de su impresión.
—Usted no haría eso, es su hijo, ¿por qué le haría eso? —le replica con incredulidad.
—Con tal de no verlo con alguien insignificante como tú, sí lo haría. Soy capaz de buscar la forma de que él no avance en su vida y te odie por ser su mala fortuna. —Ella se acerca y la sujeta con fuerza de la mandíbula. —No dejaré que Sean siga casado con la hija de una prostituta; tú no eres la indicada, ¿entendido?
Savannah asiente con los ojos llorosos por el dolor que causan aquellas palabras. No es la primera persona que la repudia por ser hija de Gloria, una mujer que utilizaba su exótica belleza para acostarse con cualquiera que le pudiese dar algún beneficio. Para lo último tener un trágico final.
—¿Qué está pasando aquí? —habla la dueña del lugar y tía de la chica.
—Nada, solo le advertía a tu sobrina que se mantenga alejada de mi familia —replica la mujer.
—Si ya lo hizo, le recomiendo que salga de mi cafetería —dice en tono exigente mientras la mira con desaprobación.
Lucinda se carcajea sin gracia y termina saliendo del lugar.
Wanda ve a su sobrina y respira profundo. Sabía que esa relación con el chico le iba a traer consecuencias. Ella es consciente de que Savannah es inteligente, pero lamentablemente nació con dos marcas: la primera, su tono de piel; la segunda, la profesión de su madre.
Se acerca a ella para consolarla.
—Tranquila, cariño, no llores, algún día el sol saldrá para ti —le dice con ternura.
—No es cierto, tía, nunca saldrá. Siempre me pasan cosas así, ¡todos me odian! —exclama sintiendo dolor en su corazón.
—Eso no es verdad, Savannah —acuna su rostro—. Yo te amo, Kendra también. Pero muchas personas por aquí creen que te pareces a mi hermana. Cariño, creo que es el momento de pensar en realizar tu vida lejos de Atlanta y Sean. Lucinda no dejará de interferir entre ustedes.
—Pero tía, yo lo amo, nos casamos. Además, ¿dónde podría ir yo?
—Puedes ir a Santa Bárbara, mamá siempre te ha sugerido vivir con ella —propone y suspira. —Mi niña, estarás mejor allá, te lo prometo.
La chica asiente y abraza a su tía. Pensando en que no podía seguir engañándose, sabía que algún día pasaría y que su historia con Sean se acabaría. Así que se toma un tiempo para reflexionar y tomar la mejor decisión para ella y el chico que ama.
Después de un rato y antes de que cause más problemas, accede a las amenazas de Lucinda. Marca el número de la casa de quien hasta ahora es su esposo para comunicarse con su suegra. Cuando la mujer levanta el teléfono sin cordialidades, le dice:
—Acepto alejarme de Sean. Cuando tenga los papeles del divorcio, me los envía a esta dirección y no se preocupe, me iré lejos de Atlanta —le asegura.
—Muy bien, después de todo eres inteligente, niña —dice y cuelga.
Con esto, Savannah siente que la mitad de su vida se fue. Pero sería incapaz de separar a madre e hijo por algo que apenas empieza. A su entender, la chica no juzga a Lucinda. Su hijo mayor murió trágicamente y su esposo se divorció de ella. Tiene miedo de quedarse sola y de eso sabe bastante.
—Debería entenderla, mi madre nunca se comportó como una y nunca conocí a mi padre. Si no fuera por mi tía, Kendra y la abuela, estuviese sola en esta vida —comenta ella, respira profundo y seca sus lágrimas con el dorso de su mano.
Mientras ella toma la difícil decisión, Sean, que ignora lo que está pasando, termina su entrevista con el reclutador de Stanford feliz por el trato pautado. Ahora tendrá las fuerzas suficientes para cuidar de su «diosa egipcia».
Se despide del hombre y, una vez que este sube a su vehículo, el joven va a su cuarto corriendo para cambiarse de ropa e ir al encuentro con su esposa. Este baja las escaleras de prisa bajo la atenta mirada de su madre, quien toma su café con mucha tranquilidad.
—Voy a salir, y si veré a Savannah, ¿tienes algo que decir?
Ella deja la taza en la encimera para luego verlo.
—No, cariño, no tengo absolutamente nada que decirte, espero que esa chica no te decepcione, y no tenga que decirte: te lo dije.
—No lo hará, ella nunca me decepcionará, madre.
Y antes de que su madre diga algo, sale de la casa.
Sube a su auto y conduce hasta los viejos edificios del lado sur de la ciudad. No es el mejor barrio para que ella esté, por eso desea tanto sacarla de allí. Algo que ve posible.
Cuando se desmonta, ve cómo un hombre sale del piso de su esposa mientras sube el cierre de su pantalón y detrás de él sale ella con una sonrisa. Con la escena, Sean piensa lo peor, intenta sacar esos pensamientos e ir hacia ella; sin embargo, todo cambia cuando ve cómo aquel hombre le entrega unos cuantos billetes.
Empuña sus manos por la rabia; todos le decían que ella tarde o temprano actuaría como su madre, pero él se negó a creerlo. Sin ir hacia ella para confrontarla, vuelve a su auto y se va del lugar. Por el retrovisor observa cómo Savannah mira hacia su auto; no obstante, está demasiado furioso como para escuchar sus excusas.
—¿Ese no era el auto de tu novio futbolista? —le pregunta el hombre de aspecto descuidado.
—Jerry, a ti eso no te importa —le reprocha, sintiendo extraña la acción de Sean.
—Ay, perdón, lindura —dice haciendo un gesto burlón de reverencia. Escupe y le dice: —Espero que no me hayas engañado con la televisión.
—Viste que funcionó cuando la encendí, así que no quiero quejas. Por cierto, cómprate un pantalón decente, así no tienes que andar todo el tiempo subiendo el cierre.
Entra a su casa, cerrando la puerta con fuerza. Se pregunta por qué Sean vino hasta su casa y se fue sin decirle nada. En su mente se convence de que es mejor así; acaba de vender la televisión para reunir dinero suficiente y comprar el boleto de avión que la llevará a Santa Bárbara mañana. No tiene que retrasar por más tiempo lo inevitable.
Sean, por su parte, llega a su casa enojado por la escena de supuesta infidelidad que cree haber visto.
Su madre sonríe al ver la reacción de su hijo y cómo la chica cumplió con lo acordado. Disimula su sonrisa y le pregunta…
—¿Ahora qué pasa? —finge desconocimiento.
—Tenías razón, Savannah es una cualquiera, no sé cómo me dejé convencer de ella. ¿Sabes qué? Llama a papá, dile que haga el papeleo del divorcio; quiero romper cualquier lazo con ella.
Lucinda, sintiéndose victoriosa, asiente. Ya tenía todo listo, pero no con su exesposo. Buscó otro abogado para que cumpliera con todas las especificaciones que ella tenía para alejar a la joven de Sean.
Ahora sí siente que todo en su vida volverá a la normalidad.
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Santa Bárbara…
Seis meses después de llegar al país, a Savannah le llega el acta de divorcio.
Antes de partir de Atlanta, recapacitó y corrió a ver a Sean para confesarle lo que su madre le había advertido. Pero este no quiso hablarle, terminó diciendo que le da asco y no quiere verla nunca en su vida. Ella no entendió la razón de su repentino cambio; lo que sí comprendió es el odio que vio reflejado en los ojos de su esposo, seguido de repulsión hacia ella.
Sin poder decir nada más, se fue. Lo que Sean ni ella sabían es que dentro del vientre de la chica se estaba gestando el fruto de esa noche de pasión que tuvieron después de haberse casado.
—Bueno, bebé, oficialmente, tu papi y tu mami no están casados y nunca sabrá de tu existencia —comenta con tristeza mientras acaricia su vientre.
Dentro del sobre de los documentos se encontró una carta de su exsuegra que dice:
“Ya es oficial, mi hijo no tiene nada que ver contigo, espero que no lo busques nunca y, para que veas que es un buen chico, te dejó una limosna”.
—¿Limosna? —pregunta confundida.
Sigue buscando en el sobre y encuentra el cheque con un valor de doscientos mil dólares y otra nota escrita con las letras de Sean que dice: “Gracias por tus servicios y por entretenerme”. Sorprendida sin entender por qué él le escribió esa nota tan hiriente, la rompe. El cheque lo deja intacto, no porque lo piense cobrar, sino porque pretende en algún momento restregárselo en la cara.
—Entonces, solo se estaba burlando de mí —dice conteniendo sus lágrimas.