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LA GRAN JUGADA DEL DESTINO

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HE
el amor después del matrimonio
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sin pareja
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crush de la infancia
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Descripción

Sean Perry, es un aclamado jugador de la NFL, cuyo único objetivo es ganar. Su vida perfecta dará un drástico cambio cuando al preparar los documentos para su casamiento se da cuenta de que ya está casado. Le tocará buscar a su actual esposa para divorciarse y continuar con sus planes, sin embargo, nada lo había preparado para lo que el destino le tenía reservado.

Savannah Johnson, es una fuerte joven que tenía planificado todo en su vida, menos el gran giró que le tocará asumir. ¿Podrá ella salir victoriosa en la gran jugada del destino?

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Touchdown en el amor
Nota: En esta novela encontrarás dos emocionantes historias. La primera termina en el capítulo 36, luego entrarás en la segunda si es de tu interés continuar. Espero que ambas sean de su agrado. ¡Que disfrutes! — — — — — — — Atlanta, Georgia 2014 La escuela estatal de Atlanta se ha convertido en el epicentro de reunión para que grandes reclutadores consigan a su siguiente estrella del fútbol americano. Años tras años son reconocidos por su reputación en este campo y esta ocasión no será la excepción. Los Tigres de Atlanta se preparan para esta noche dar su mejor actuación y llevarse la victoria por encima de las águilas de Newnan. Sean Perry es el favorito entre todos y el joven de dieciocho años que todos los reclutadores irán a observar. Antes de empezar el juego, Sean se encuentra en el pasillo de los vestidores con su hermosa novia, la capitana de las porristas Savannah Johnson. Ambos conforman la pareja perfecta, no dicho por ellos, sino por todos sus compañeros de preparatoria. Su meta es que los dos estudien en la prestigiosa universidad norteamericana, Stanford. Ya lo tienen planificado, ella estudiaría arquitectura mientras que él jugaría para el equipo universitario, así ganaría todos los títulos. Sin embargo, no todo sale como se planifica y menos si aún te falta forjar carácter. —¿Entonces lo haremos? - pregunta Sean. —Por Dios, Sean, no podemos casarnos, somos muy jóvenes - dice Savannah intentando que el chico entre en razón. —¿De qué hablas? A ti te aceptarán en Stanford, y hoy está el reclutador de su equipo. Todo está como lo planificamos - le comenta para luego tomar sus manos —Después de aquí iremos al registro civil, ya lo arreglé todo, ¿bien? A Savannah solo le queda asentir. Ambos están vestidos con sus respectivos uniformes. El chico de 1.90 de altura, ojos azules, cabello castaño claro y pómulos marcados, se acerca un poco más a la chica de cabello oscuro rizado, piel morena y ojos marrones claros, los cuales Sean ama perderse en ellos. La pequeña joven de 1.65, duda de si en realidad deberían cometer aquella locura, solo tienen dieciocho años. ¿Por qué el chico creería que sería una buena idea casarse? —Sean… - dice ella. —Todo saldrá bien, mi chica de ojos hermosos. Dice aquello y la besa. Solo se separan cuando escuchan que es tiempo de que ambos salgan al campo, ella para animar al equipo, él para hacerlos ganar. Mientras Savannah realiza su coreografía con destreza, a su mente llegan las interrogantes sobre lo que su novio quiere hacer. Para ella no es un secreto que la manipuladora madre de Sean no la quiere para su hijo. Ya sea un tema de racismo u odio mal direccionado, la verdad es que su suegra no quiere que estén juntos, eso es un gran problema y debe ponerlo en consideración. Termina la presentación para dar paso al juego. Su novio, como el mariscal del campo, se pone en posición y comienza la acción. Por un cuarto de hora todo se vuelve intenso hasta que llega el medio tiempo y el marcador muestra un empate. En los vestidores, el entrenador habla con sus jugadores motivándolos para que se esfuercen y den lo mejor de ellos. Cuando van a salir nuevamente, el entrenador sujeta a Sean para comentarle: —Chico, esta es tu oportunidad de enseñarles a todos que eres algo más que una cara bonita. De muestrales que no vives bajo el recuerdo de tu hermano, ¿entiendes? - lo alienta. —¡Si entrenador! - le exclama. Vuelve al terreno. Antes de empezar desde la distancia, el chico realiza el gesto que siempre usa para confesarle sus sentimientos a Savannah. Hace una seña de tomar su corazón y mandarlo en una flecha. Ella responde alcanzando la flecha, tomando el corazón, uniéndolo junto al de ella. Es la acción tierna de dos jovencitos, que muchos creen cursis; sin embargo, para Lucinda Perry, es una desgracia. La mujer que está a unos cuantos metros viendo la interacción de ambos. Por más que lo ha intentado, no logra separarlos, siente que debe tener más rudeza con esa chica. No dejará que otra mujer de su tono de piel le quite otro hijo. El juego continúa, los reclutadores analizan cada jugada de Sean. Todos llegan a la conclusión de que el joven es más de lo que imaginaban, en realidad su juego y liderazgo están por encima de su hermano mayor, quien no pudo soportar la fama y responsabilidad que conlleva ser un jugador de la NFL. Sean toma el balón, corre unas 15 yardas y anota un touchdown. Con esta última anotación coloca a los Tigres de Atlanta, arriba del pizarrón. El público, como todo el equipo, celebra el triunfo. Sin pensarlo y una vez que sus compañeros lo bajan al suelo, Sean corre hacia Savannah cargándola y dándole vueltas en el aire. Quien viera esa imagen no pondría en duda que los dos nacieron para amarse hasta el resto de sus vidas. Cuando el reloj marca las nueve de la noche, el par de jóvenes, ya se encuentran enfrente de un juez civil casándose. Al chico no le importó los persuasivos intentos de su madre de llamar su atención con la noticia de que los cinco reclutadores de ese día estaban interesados en entrevistarlos. Igual se cambió y se subió a su Ford Mustang Shelby que le regaló su padre para su cumpleaños 18, así fue al encuentro de su amada. —Jóvenes, ¿están seguros de esto? - pregunta el juez, intercambiando la mirada entre ellos. —¡Si estamos seguros! - exclaman al unísono. Savannah con un vestido blanco estilo bailarina y su converse favorito, le regala a Sean una amplia sonrisa donde deja ver sus hermosos hoyuelos que tratan de esconderse detrás de los mechones rizados que cubre su delicado rostro. Con un Jean oscuro y camisa blanca le sujeta las manos, esperando no soltarla nunca. Los amigos de ambos tan solo les queda apoyarlos con la locura que están por hacer. Esos dos jóvenes nunca escucharon las opiniones negativas con respecto a casarse desde su perspectiva están tomando la decisión correcta. —Por el poder que me confiere el estado de Georgia, los declaro marido y mujer. Sean puedes besar a tu esposa. Sin pensarlo por más tiempo lo hace. Ella rodea su cuello mientras él su cintura. Se concentran tanto en ellos que se les olvidan que hay público a su alrededor, hasta que Johnny, el mejor amigo de Sean, los interrumpen para decir: —Disculpen, recién casados, recuerden que no están solos - les reclama. —Sí, aún creo que están locos por hacer esto - replica Kendra, prima de Savannah. —Ya verán que no será así. Gracias por estar aquí - les comenta Sean. Los cuatro se van a la cafetería de la tía de Savannah, allí disfrutan de cuatro hamburguesas dobles con papas fritas y ricas malteadas. Cuando terminan sus platillos, los recién casados se despiden de sus amigos y van hacia un hotel. Sean se aseguró de buscar el mejor lugar dentro de lo que puede pagar. No la iba a llevar a cualquier sitio, de hecho, ordeno que el cuarto esté decorado con pétalos de rosas y de las velas aromáticas que tanto le gustan a su esposa, vainilla. Cuando Savannah entra y percibe el olor, le sonríe. —Lo recordaste - le dice conmovida. —Lo hice. Se acerca a ella, y de forma delicada comienza a desvestirla. Él nota cómo su cuerpo tiembla, así que se aleja. No quiere que su esposa se sienta obligada a hacer algo que no desea. El chico en realidad la ama, tienen un año de noviazgo, antes de eso le costó seis meses para que ella aceptara salir con Sean. Ahora que por fin puede estar con Savannah intimamente, no piensa arruinarlo. —Si quieres, podemos parar, no tienes que… —Si quiero - ella se desnuda frente a él —Solo que no sé, si te guste lo que veas. Yo no tengo el tono de piel que seguro quiere tu madre para… —Shh - lleva su dedo a los labios de Savannah —No hablemos de ella, ¿sí? - Él comienza a acariciarla — Tú eres perfecta, ya te lo he dicho Savannah. Me encanta tu color canela. Termina de decir y, al igual que ella, se desnuda, para luego sumergirse por primera vez en el placer carnal. Los labios de Sean viajan por toda la tersa piel de Savannah, mientras un cosquilleo circula por el cuerpo de la chica. Ella muerde su labio inferido cuando siente los movimientos de su ahora esposo en la parte más sensible de su cuerpo. Nunca se imaginó que sentiría este tipo de sensaciones cuando él llevara su boca hacia ese lugar. Su prima, que recién perdió su virginidad, le había contado de algo parecido; sin embargo, esto no le hace justicia a lo que su mente imaginó. —Mi diosa egipcia - pronuncia con voz temblorosa el apodo que eligió para ella —Ahora voy a entrar, dolerá, pero si sientes mucho dolor, dime y me detengo, ¿está bien? - ella asiente. Él se posiciona en su centro y de manera lenta empuja hacia su interior. Ella arquea su espalda al sentir la primera estocada, Sean baja para besarla en la boca y amortiguar un poco el dolor. Los besos del chico funcionan como analgésico, porque ella relaja su cuerpo, separa aún más las piernas y de manera inconsciente también se mueve al ritmo de él. Afuera llueve a cántaros, truenos se escuchan dentro del cuarto de hotel y los rayos iluminan sus cuerpos en pleno movimiento. Sin embargo, nada de aquello los desconcentra de lo que está pasando en aquella cama. La excitación de Savannah logra humedecer aún más su intimidad, permitiendo que el chico se funda en ella sin impedimento o dolor. El contraste que hay entre sus pieles es fascinante, es como mezclar la deliciosa malteada de vainilla que tanto le gusta a ella, con la de chocolate que ama él para dar el color del dulce de leche que los dos tanto disfrutan. Sean extiende el cuello cuando siente que llegó a su clímax y comienza a derramar sus jugos dentro de Savannah. —¡Ah! - gime él. —¡Oh, sí! - jadea ella, al también correrse. Sean cae encima de ella, agotado sin poder levantarse. Ella con una manta cubre sus cuerpos y de esa forma queda rendidos hasta el día siguiente.

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