El aire caliente azotaba contra mi rostro mientras observaba por la ventanilla lo que alguna vez fue mi ciudad natal, puesto que ahora era completamente diferente a como la recordaba. Cuando me fui de mi país, tenía apenas siete años y todo fue muy confuso para mí. No lograba acostumbrarme a un idioma nuevo y mucho menos a una cultura diferente. Pero todo fue mejorando con los años. Y, después de once años, por fin regresaba a mis tierras, aunque sólo fuera por un mes y medio. Yo no era el único que se encontraba emocionado; mis padres no dejaban de irradiar felicidad y mis abuelos (los cuales nos habían recibido) aún seguían impactados por el encuentro. Al parecer, sólo había una persona que no compartía nuestra alegría: Mcboy. Le di la noticia a Mcboy sobre mi viaje con tres meses de

